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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Hoy invito a…



Diego Miguel Gómez Rosell*



       Pedro Martínez Domene necesita muy poca presentación, hombre reconocido por su ingente labor docente y su profunda dedicación a la profesión, a la crítica literaria y a la literatura con mayúsculas…

       Es colaborador habitual en numerosas publicaciones literarias especializadas en España y en otros países, donde ejerce la crítica literaria desde hace muchos años, tiene blog propio, escribe en suplementos literarios, ha participado como miembro del jurado en importantes premios literarios, ha hecho y sigue haciendo colaboraciones en diversos medios en papel y digitales, participa en entrevistas y coloquios con autores, coordina el club de lectura de Huércal-Overa conjuntamente con el que les habla, ha participado además en numerosos encuentros con autores, presentaciones de autores, en talleres de creación literaria y en un sinfín de actos, todos ellos ligados a la lectura y a la literatura.

       Pedro, a pesar de ser un hombre aún bastante joven, lleva colaborando asiduamente en suplementos literarios desde hace más de 30 años, que se dice pronto.

       En algún sitio he leído en palabras textuales suyas que “se siente enfermo de la literatura”.  Y es cierto, leer es una auténtica pasión para Pedro. De hecho creo que a lo largo de mi vida jamás pensé encontrarme con una persona tan apasionada por la literatura como el autor aquí presente.

       Ha participado en numerosas antologías de narrativa contemporánea, ha realizado bastantes ensayos y por supuesto ha compuesto obras de ficción para jóvenes, que no voy a pasar a enumerar ahora (dado que todo el mundo las conoce), y hoy presentamos su primera novela para adultos, ésta que hoy tengo en mis manos: “El secreto de las beguinas”.

       El beguinato belga tuvo su origen alrededor del siglo XII como un movimiento religioso femenino autónomo. En época de las cruzadas, muchos hombres dejaban allí a sus mujeres como refugio seguro.

       Ser mujer en la Edad Media no era nada fácil y la Iglesia, representada por la Santa Inquisición, siempre andaba por ahí velando por el buen comportamiento de nuestras almas, muy especialmente si se trataba de mujeres.

       Fray Giordano (personaje del libro) nos dice: “Aquellas endemoniadas, como había sido demostrado, sólo salvarían el alma purificándose en el fuego de una hoguera”.

       La Santa Inquisición, según ha reconocido Pedro en alguna entrevista, es uno de los temas que le “obsesionan” a la hora de escribir, y le viene como anillo al dedo para denunciar las injusticias y crueldades de algunos clérigos, que practicaban atrocidades en nombre de la Santa Madre Iglesia.

       Un joven historiador llama a su hermano a altas horas de la madrugada para contarle que está estudiando algunos detalles del beguinato de Wijngaard en Brujas (Bélgica), y como la documentación está en alemán antiguo, es por ello que reclama la ayuda de su hermano, también investigador e historiador.

       Le comunica que tiene en sus manos detalles que atestiguan la fecha del beguinato flamenco de Brujas, de finales del siglo XII, con planos muy antiguos de la época. Eso despertará su curiosidad y a partir de ahí, juntos, se ponen a indagar en las razones que motivaron el Auto de Fe dictado por la Inquisición contra un beaterio de beguinas en Brujas, a comienzos del siglo XVII.

       Brujas en aquella época estaba bajo el dominio español. Los Tercios españoles de Flandes habían cercado la ciudad de Ostende y los ánimos de las gentes de los Países Bajos estaban muy alterados, pues el asedio duraba ya muchos meses.
El punto de inicio de la novela es la entrega misteriosa de una dama por parte de su marido en el beguinato. A él van a parar heridos de guerra, donde eran bien atendidos por las beguinas, motivo por el cual la Inquisición tenía especial interés en acabar con dichas instituciones, que les resultaban especialmente molestas.
       En el beguinato al parecer se realizaban prácticas poco ortodoxas por parte de las beguinas, comandadas por la Gran Dama.

       La novela se estructura en tres partes que discurren de forma paralela a lo largo del texto. Por un lado, el juicio de la Inquisición; por otro, la investigación moderna de los hechos llevada a cabo por los jóvenes historiadores, no exenta de misterio; y por otro lado, la vida de las beguinas.
Se describe perfectamente en la novela cómo vivían en la Edad Media esas mujeres, sus celdas, sus tareas y el entorno sociopolítico que las envolvía.

       No muy lejos de la animada Plaza del Mercado de la ciudad de Brujas, el ritmo se ralentiza para adaptarse a la serenidad que destila el Begijnhof, un beaterio superviviente del siglo XIII y máximo exponente de las antiguas casas de retiro medievales que aún conservan la mayoría de las ciudades flamencas. Las beguinas eran religiosas sin votos, viudas o solteras que optaban por llevar una vida piadosa, y centradas en hacer obras de caridad y en el cuidado de pobres y enfermos, pero conservando su independencia. Rechazaban la clausura, trabajaban, gozaban de total libertad y vivían con sus familias.

       No tenían, sin embargo, votos de pobreza, y, de hecho, las mujeres a menudo provenían de familias acomodadas, ganándose la vida mediante sus labores textiles o gracias a benefactores que pagaban para que rezaran por ellos. Las beguinas fueron un movimiento religioso femenino autónomo, lo cual les convierte en una rareza dentro de la estructura religiosa medieval. Aparecieron en Flandes en el siglo XIII, se dice que debido al desequilibrio de sexos que provocaron las Cruzadas: muchos hombres embarcaron a Tierra Santa, buen número de los cuales nunca regresaron.

       Sencillamente, la población femenina se encontró con la imposibilidad matemática de que no había hombres suficientes como para desposarse con todas ellas. Con pocas posibilidades de ganarse la vida por sí mismas, un buen número de mujeres solteras volvieron sus esperanzas hacia el camino religioso.

       A raíz de ello, conventos y abadías disfrutaron así de un periodo de prosperidad. Sin embargo, las estrictas reglas que imperaban en tales lugares y el hecho de que ante el número de solicitudes sólo aquellas mujeres procedentes de cierto nivel social o económico eran admitidas, hizo que muchas decidieran dar forma a su propia vida.  

       Estas mujeres unieron fuerzas para apoyarse mutuamente y establecieron comunidades religiosas, constituyendo un movimiento fundamentalmente urbano, relacionado con ciudades artesanales y mercantiles, que nunca contó con la aprobación de la iglesia, recelosa de su autonomía.

       En Brujas, el modesto jardín, la torre del palomar y las fachadas blancas, permiten adivinar cómo era la vida en estos recintos hace unos cuantos siglos. Incluso con el trajín turístico que registra la ciudad en los meses de verano actualmente, el jardín del beguinato consigue retener todavía su espíritu de retiro, aislamiento y paz espiritual.

       El conjunto de los beguinatos belgas mereció su inscripción en la lista de Patrimonio de la Humanidad en 1998. Hoy en día la mayoría de ellos están habitados, si bien ya no por beguinas. Al comienzo del siglo XX había unas 1.500 beguinas en Bélgica, pero en la actualidad la orden de las beguinas ha desaparecido de manera casi total.

       Las beguinas no eran monjas: no tomaban votos, podían volver libremente al "mundo exterior", casarse y conservaban su patrimonio, si es que contaban con él. En el caso de que carecieran de medios, ni pedían ni aceptaban limosnas, sino que se mantenían realizando trabajos manuales o enseñando a los hijos de la adinerada burguesía mercantil. No existía una autoridad que dirigiera todos los beaterios, ni una regla fija establecida. Cada comunidad era independiente y vivía de acuerdo con sus propias normas.

       Marguerite Porete, relevante beguina francesa, fue quemada en la hoguera de París en 1310, tras un largo juicio inquisitorial. Fue condenada por la Iglesia acusada de ser un Espíritu Libre. Escribió el libro “El espejo de las almas simples”, libro de mística cristiana, centrado en el amor divino. Y uno de los motivos de terminar en la hoguera fue que se negó a retirar su libro de la circulación.

       En 1311 el papa Clemente V acusó a las beguinas de extender la herejía y fueron perseguidas bajo los papados de Juan XXII, Urbano V y Gregorio XI. Consiguieron la rehabilitación en el siglo XV, pero ya nunca alcanzaron su antiguo esplendor. Las guerras y conflictos religiosos que castigaron Europa en los siguientes siglos vieron cómo la mayor parte de los beguinatos cerraban sus puertas y eran disueltos.

       Hoy, la mayor parte de los turistas que traspasan las puertas de los beguinatos hasta los jardines rodeados de agradables casitas, lo hacen de manera apresurada y ciega al peso histórico de esos lugares.

       Volviendo a la novela, los dos jóvenes investigadores van atando cabos y escrutando viejos manuscritos, sin que la narración pierda un ápice de incertidumbre y misterio.
Uno de los hermanos cree haber descubierto el secreto que se encierra entre las paredes del beguinato de Brujas. Bajo la sumisa apariencia de las beguinas, que se ocupan de hacer el bien, parece que existe un pacto no escrito entre ellas, que será sin duda alguna el objeto de esta novela.

       La investigación de los historiadores y los hechos acaecidos en el pasado van transcurriendo en la novela de forma paralela, hasta culminar finalmente en el descubrimiento de la trama, al final del libro.

       A mi personalmente me ha gustado mucho la historia y enganchado desde la primera página. Una novela con base histórica, donde la realidad de la época y de los beguinatos se mezcla coherentemente con una historia de ficción, que ha sido relatada por el autor con maestría utilizando buenas dosis de imaginación.

       Por último quiero terminar citando unas palabras del escritor Antonio Tejedor García sobre la obra de Pedro Martínez Domene “El secreto de las beguinas”, que dice lo siguiente: “El secreto de las beguinas es una novela histórica escrita con fluidez y de fácil lectura, que nos permite conocer una época convulsa, llena de recelos históricos, de sombras y de misterios. Una época en la que las armas y la religión marcaban la vida y la muerte de las personas con independencia de su inocencia o culpabilidad y que con tanta nitidez nos hace ver Pedro Martínez Domene en su libro”.

       Solo me resta decir “gracias, Pedro”, sigue así, leyendo, escribiendo y ofreciéndonos obras literarias interesantes y de calidad como ésta que estamos presentado hoy. Me despido ya, que aquí el verdadero protagonista hoy eres tú. Dije antes que tú mismo decías literalmente sentirte “enfermo de literatura”. Pues bien, yo te deseo de corazón que tu enfermedad literaria no se cure nunca.

*Es bibliotecario en Huércal Overa. Licenciado en Filología Clásica, lleva desempeñando una fructífera labor al frente de la Biblioteca Pública Municipal “Gabriel Espinar” durante más de treinta años, y es un animador cultural que se proyecta en los amplios ámbitos del mundo de la cultura y del libro.
El texto presente fue la presentación de El secreto de las beguinas en la reciente V Feria del Libro de Pulpí (Almería).

martes, 21 de noviembre de 2017

Choderlos de Laclos



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LUCES DE OTOÑO PARA VOLVER A LOS CLÁSICOS


        La editorial Sexto Piso edita, en una nueva traducción de David M. Copé, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, y está ilustrado por Alejandra Acosta que ha sabido expresar de manera sugerente la sordidez temática de la obra, así como ese mundo en el que supone todo delicado, grácil y deslumbrante.
        Las tardes melancólicas de otoño que tienden a la quietud y a la reflexión, adornadas por una deslumbrante gama de colores cálidos, amarillos, rojos, ocres y anaranjados, aunque como Shelley escribiera, “hay una armonía en otoño, y un brillo en su cielo”, esos atardeceres nos invitan a una lectura de aquellos clásicos por los que el tiempo no pasa y sobre los que siempre se puede volver. Quizá en tardes grises, en la comodidad de un buen sillón, un libro como Las amistades peligrosas se convierta en ese aliado que haga vibrar el alma dormida de ese mosaico en que colores y sentimientos se funden.
El clásico
        La novela, Las amistades peligrosas, se convirtió en una especie de manual de maquiavelismo amoroso, con un cierto aire de soplo maléfico por el "satanismo" que advertía y admiraba en esta historia Baudelaire. Escrita en forma epistolar, la estructura empleada por Choderlos de Laclos, no resta interés al libro, ni disminuye esa continua energía que genera página tras página, porque entre otros valores ofrece una curiosa mirada sobre sus personajes: Valmont es un tipo tan cortés y afable que llega a oscurecer un poco a su secreta y pérfida animadora de perversiones, la señora de Merteuil. Las amistades peligrosas puede, en este sentido, considerarse como una de las obras más características del siglo XVIII francés, y tan lúcida como amarga, constituye un precedente del agudo realismo psicológico.


        Fue publicada en 1782 y tiene como principales protagonistas a la marquesa de Merteuil y al vizconde de Valmont. La marquesa es una viuda depravada que sabe encubrir su mala conducta, y ha mantenido relaciones de amistad con el vizconde de Valmont, su ex amante, seductor de profesión. Decide vengarse de otro antiguo amante que se casará en breve con una joven adolescente, la señorita Cécile de Volanges, inocente e inmune a posibles desgracias conyugales. Entonces la Marquesa incita a Valmont a seducir a la jovencita, aunque Valmont está más interesado en la conquista de una austera y bellísima virtuosa, la presidenta de Tourvel, y lo consigue con sutilidad, explotando la inocencia, la compasión y la bondad de la mujer. Después, airado contra la señora de Volanges, que ha hablado mal de él, Valmont trama la ruina de su hija, Cécile de Volanges, y fingiéndose intermediario en el amor entre ella y el joven y honesto caballero Danceny, la corrompe en el alma y en el cuerpo, ayudado por la Merteuil, convertida en triste consejera de la muchacha.
        Su estructura epistolar permite mostrar el arte de la galantería, el refinamiento de la época o la pérfida ambición de la manipulación humana.

El autor
        Pierre-Ambroise-François Choderlos de Laclos, nació en Amiens, Francia, 1741 - Tarento, Italia, 1803, que alcanzó la fama gracias a la novela Las amistades peligrosas (1782), de un éxito fulgurante, aunque recibió innumerables críticas. Su análisis de la hipocresía de la sociedad mundana y aristocrática de su época, expuesto a través de la vida del libertino Valmont y de sus relaciones eróticas con diversas mujeres de la alta nobleza, no gustó a sus superiores, que pertenecían a la misma clase que satirizaba la novela.
        Ingresó en la escuela de Artillería de La Fère y sirvió como militar el resto de su vida. En 1776 era oficial en Grenoble, pero el reconocimiento que recibían sus aptitudes militares y su espíritu no satisfacía sus ambiciones. Sin perspectivas en el ejército, comenzó a dedicarse a la literatura y en 1777 se representó Ernestine, pese a que la obra resultó un fracaso, no se desanimó, y en 1782 publicó Las amistades peligrosas o Cartas recopiladas y publicadas para la instrucción de otras sociedades, muestra minuciosa del análisis psicológico, escrita en un estilo ágil y variado que revela la personalidad de cada uno de los personajes a través de su correspondencia. Esta característica, unida a la verosimilitud de la acción, la convierten en una obra maestra del género.
        Los textos que publicaría después no tuvieron la misma acogida: Poesías fugitivas (1783) y el tratado La educación de las mujeres (1785). Desilusionado por el fracaso de estos intentos, en 1788 entró al servicio del duque de Orleans y acogió con alegría la Revolución.








Choderlos de Laclos, Las relaciones peligrosas; trad., de David M. Copé; ilustr., de Alejandra Acosta; Madrid, Sexto Piso, 2016.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Francisco Peralto



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EL POETA FRANCISCO PERALTO: PALABRA, ESENCIA, TIEMPO


       En las palabras preliminares al volumen que el grupo literario español Batarro hemos dedicado al poeta Francisco Peralto, escribía acerca de ese concepto que otorga «la dignidad de la poesía» porque siempre he pensado que cuando abrimos un libro de versos nos adentramos en un mundo simbólico o en ese espacio donde no importa tanto lo que se dice como el significado de cuanto se dice. De ese modo he llegado a creer que la poesía es, en muchos sentidos, un método de defensa, una forma de liberación o incluso una fuga constante. Estas afirmaciones, sentencias o, tal vez, juicios de valor, vendrían a justificar, por mérito propio, un libro, dos, incluso varios, pero verifican, aún más, el conjunto de una obra completa, puesto que así trataríamos de vindicar toda una vida dedicada a la labor poética. Y esto porque, entre otros motivos, cuando se leen los versos que durante décadas alguien ha ido publicando, se descubre en ellos una excelente  muestra de esa verdadera metamorfosis que llega a determinar toda una existencia.
       Las pretensiones de la revista literaria almeriense,  Batarro, aún siendo modestas, han querido, sobre todo en la última década y en sus últimos números, significar tanto de un modo literario como humano a algunos de los mejores poetas, narradores, ensayistas o escritores en suma con más enjundia del panorama literario contemporáneo. El esfuerzo más digno puede cuantificarse, sobre todo, en el terreno de la lírica; así al monográfico dedicado al poeta San Juan de la Cruz (1991), han seguido al oriolano Miguel Hernández (1992), el gaditano Ángel García López (1996) y, posteriormente, a los almerienses  Julio Alfredo Egea (1999) y Diego Granados (2000). Estos son algunos ejemplos de los nombres que componen, hasta el momento, ese vasto panorama lírico de la segunda mitad del pasado siglo XX. A estos seguirán, con suerte, otros poetas que no necesitarán una justificación o una suerte de presentación y que formarán parte de la familia literaria de una revista que se tilda, sobre todo, de veraz, libre e independiente de modos y de modas, y que durante años ha sabido alardear, precisamente, de adjetivos tan hermosos. 


       Ahora, con Palabra, esencia, tiempo (2003), el último monográfico de la revista, se suma a nuestra nómina la vida y la obra del poeta Francisco Peralto (Málaga, 1942), nombre y hombre significativo en la poesía andaluza y española desde que hiciera  su irrupción en el mundo de la escritura y aún más en el terreno de lo poético. Testigo de esas transformaciones que, con una profunda mirada, le han llevado a reinventar, una y otra vez, su propia escritura, Peralto ha sido durante años maestro impresor, animador literario en su patria chica, editor de no pocos escritores de renombre nacional e internacional, pero sobre todo ha sido un poeta en el amplio sentido de la palabra y en las más variadas de sus facetas. Su poesía ha transitado por todos los estilos y escuelas que desde la década de los sesenta se han ido sucediendo en el panorama poético español: ha resultado ser original, diferente y experimental. Lector incansable, ha buceado en el magisterio de nuestros grandes poetas, ha admirado los más significativos nombres de la lírica mundial y ha explorado con su poesía los más diversos rincones de la expresión lírica. Su faceta última más significativa, la de poeta experimental, pone de manifiesto el expresionismo visual de formas tan variadas como plásticas. La crítica ha resaltado de su obra el «valor de cualidades propias, no miméticas, ni clásicas, ni tradicionales, se trata de una escritura con vocación de riesgo que responde a los planteamientos de autenticidad y coherencia que se presuponen en relación con la escritura y su concepción en el mundo».
       Francisco Peralto Vicario nace en la ciudad de Málaga (España), en la primavera de 1942. Fue la suya, según expresión propia, una infancia feliz en el marco de una familia de clase obrera, condición social que le llevaría a ejercer de aprendiz muy pronto en arte del dibujo e ingresar en la Institución Sindical de Formación Profesional de Málaga para, hacia 1955, cursar estudios de Artes Gráficas y poco más tarde interesarse por el mundo de la encuadernación. En 1959 obtuvo varios premios en la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Pasó por varios talleres de impresión y encuadernado hasta que poco después de incorporarse a la vida civil, tras su paso por el Regimiento de Infantería Aragón, de Málaga, logra concursar al Cuerpo de Correos y consigue una plaza de cartero urbano. En 1970  funda, con su hermano Juan, la que sería la obra de su vida, la imprenta Grafiper, desde donde ha lanzado sus innumerables colecciones bajo el sello de la editorial Corona del Sur. En 1975 publica Antología de la poesía malagueña contemporánea e inicia así toda un labor ejemplar en el mundo de la poesía andaluza, añadiendo títulos y más títulos propios que han engrosado su obra hasta la actualidad. Durante este tiempo ha publicado casi un centenar de títulos propios, además de conferencias, artículos en prensa y lecturas poéticas por la geografía nacional. En 1989 recibió el «Homenaje Bahía Poesía del Sur, que concedía la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, en Algeciras. El profesor Antonio Aguilar autor de Del paraíso a la palabra. Poetas malagueños del último siglo (1952-2002), (2003), una amplia antología, ha recogido al poeta, cuya obra—según palabras del antólogo—«oscila entre el lirismo y la naturalidad expresiva, el poema convencional y las incursiones neovanguardistas».
       En 1992 el poeta Francisco Ruiz Noguera realizaba un pormenorizado estudio de la obra  de Francisco Peralto y establecía, de algún modo, una serie de ciclos en su obra poética: un primero de poco menos de diez años, concebido bajo el título Ritual (1968-1977); en realidad, el exponente de sus planteamientos sociales y existenciales cuyo desarrollo temático quedaría establecido en la bipolaridad: vida-muerte. Tres libros componen el segundo ciclo establecido por el crítico malagueño que incluye Ritual (1982), Didascalia (1984) y Ex Verbis (1990): una clara voluntad de estilo se percibe en estos poemarios enriquecidos con recursos como la paronomasia, la similicadencia o la aliteración que logran un cierto impresionismo expresivo y una singular expresividad surrealista que, pese a novedades, no le permiten abandonar la actitud crítica. La década de los 90 estará marcada, sobre todo, por el poemario Auto de fe (1999). «En unas líneas preliminares de este libro—señala Jesús Martínez Gómez— que el propio poeta reconoce el valor de compromiso, en el más amplio sentido del término de estos poemas. Aparecen, por tanto, temas recurrentes en la poesía del autor y que están relacionados con la injusticia, la preocupación religiosa o metafísica, la incomunicación, la inquietud por el momento político que vive nuestro país y las tensiones que se derivan de él, el desamparo frente a lo cotidiano, el afán renovador o balsámico de la infancia, la necesidad creativa como única vía superadora del dolor de estar y sentirse profundamente vivo, la alegría contenida en versos espumosos de ciega esperanza en el mañana, el poder devastador del tiempo que todo lo vence y convierte en relativo, etc». Y finalmente la poesía visual, experimental, ideográfica, que ha estado siempre presente en la poética de Peralto desde sus primeros libros, El nudo de la sierpe (1979), form-A(B-C)dario (1982), Fantasía mail art en homenaje a Ninfeas y Almas de violeta de Juan Ramón Jiménez en el centenario de su publicación (2000), Apología del periodismo en libertad y epítome del papel prensa (2001) o El Manuscrito del salón de la Audiencia Real (2002).
       Palabra, esencia, tiempo, números 41, 42 y 43, de la revista Batarro, se concreta en el homenaje que la revista almeriense tributa al poeta malagueño en ese afán por mostrar los numerosos interrogantes, proyectos o propuestas que aún quedan por esperar de Francisco Peralto y que, en gran medida, contribuyen a aproximar la obra de un autor que une a su poesía la conciencia de ser un hombre de su tiempo, juez infalible que logra romper el silencio con cada uno de sus versos, con cada uno de sus libros, con cada apuesta visual con que sacude nuestra sensibilidad y nos conduzca a esa necesidad estética tan necesaria con que acometemos el siglo que ahora comienza. Una amplia selección de su obra, semblanzas de amigos como Pedro Felipe S. Granados y José Antonio Sáez, un homenaje poético al autor que dedican autores como Rafael Pérez Estrada, Carlos Benítez Villodres, Antonio García Velasco, Diego Granados, Francisco Ruiz Noguera, Ángela Serna o Jaime Siles, estudios de Jesús Martínez Gómez, Antonio Moreno Ayora, una amplia entrevista que repasa buena parte de su vida y su obra, además de una cronología puesta al día que se completa con una amplia bibliografía divida en tantas facetas como el autor malagueño ha aportado a la lírica contemporánea, antologías, exposiciones de poesía visual, monográficos, además de las centenares de reseñas y artículos publicados sobre el malagueño por la geografía andaluza, nacional e internacional, cierran un volumen de 256 páginas, profusamente ilustrado por el pintor almeriense Pepe Bernal que ha realizado una serie de dibujos para la ocasión, de una plasticidad extraordinaria y que, junto a los collages del propio Francisco Peralto, otorgan al número la singularidad de coleccionista con que ha sido proyectado.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Desayuno con diamantes, 125



UNA GRAN OBRA TRUNCADA
La memoria de Irène Némirovsky

          
        Cuando en su más tierna adolescencia, Irène Némirovsky (Kiev, 1903- Auschwitz, 1942), empezaba a balbucear sus primeros textos literarios adoptó, como forma de escritura, un método inspirado en Turgueniev, uno de sus maestros más celebrados; es decir, asumió esa actitud que lleva a un escritor a comenzar una novela y, paralelamente, anotar algunas de las reflexiones que el texto le van inspirando, sin suprimir ni tachar anotación alguna a lo largo de todo el proceso de escritura. A medida que avanza el autor conoce, perfectamente, todos los personajes creados, incluidos los secundarios. El estilo surge así como la única identificación posible en toda la producción del escritor, tal es el caso de las primeras novelas publicadas por Irène Nemirovsky: El niño prodigio (1926), David Golder (1929) o El baile (1930), aunque será, Suite francesa (2004), la obra más ambiciosa de la exiliada rusa en París. El borrador ya estaba muy avanzado cuando los nazis entraron en París y en ella cuenta cómo durante los últimos meses de su existencia toda Francia se había convertido en un país de episódicos acontecimientos. Solo así se entiende por qué el texto está repleto de personajes secundarios como la propia historia intenta reflejar. La narradora describe, en su voluminoso proyecto, los comportamientos humanos y las circunstancias a que están ligados sus personajes, certeza que muy pronto se celebra en esta narración porque en Suite francesa (2005) esos comportamientos ante la catástrofe de una guerra, el desamparo y el destino que sufren los hombres y mujeres de su historia, son lo más relevante en una novela tan memorable. Aunque incompleta como el lector puede leer en el prólogo a la edición de la editorial española Salamandra (Barcelona, editorial que está editando el resto de obras), la novela sigue el esquema clásico de las suites, esto es, una sucesión de movimientos rápidos y lentos, una danza, y una giga como final. Paradójicamente, la suite es una música alegre, despreocupada, de una brillantez extraordinaria que en su título muestra la vena más irónica de la narradora.
        Irène Nemirovsky había nacido el 11 de febrero de 1903 en Kiev, en lo que hoy se conoce como el yiddishland. Su padre fue un próspero comerciante de granos que viajó mucho antes de convertirse en uno de los banqueros más ricos de Rusia. Fanny, su madre, la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo y pronto la abandonó al cuidado de una nodriza. Jamás le otorgó el más mínimo gesto de amor y así Irène abandonada a su suerte se refugia en la lectura y cuando empezó a escribir desarrollaría un odio feroz contra su madre. Dicha venganza se vería cumplida con la publicación de El baile (1930), Le vin de solituded (1935) y Jézabel (1936). Sus obras más críticas se ambientan en el mundo judío y ruso, como por ejemplo, Los perros y los lobos (1940), novela en la que retrata a los burgueses del primer gremio de mercaderes que tenían derecho a residir en Kiev, ciudad prohibida a los judíos por orden de Nicolás I. Cuando los Nèmirovsky vivían en Rusia disfrutaban de un alto nivel y todos los veranos abandonaban Ucrania con destino a Crimea, Biarritz, San Juan de Luz o Hendaya. Tras la muerte de la institutriz francesa, una Irène de catorce años, empieza a escribir. En el momento de estallar la Revolución de Octubre, los Nèmirovsky residían en San Petersburgo, y pronto el patriarca los trasladaría a Moscú para su seguridad, pero fue allí donde la revolución alcanzó su grado supremo de violencia. Cuando los bolcheviques pusieron precio a la cabeza de León Némirovsky, en diciembre de 1918, se organizó su huida a Finlandia, disfrazados de campesinos, y allí pasaron un año en un pequeño caserío rodeados de nieve. En aquel apartado lugar se convirtió Irène en una mujer y empezó a escribir poemas en prosa inspirados en Óscar Wilde. En julio de 1919 se embarcaron hacia Ruán (Francia) y poco después se instalaron en París donde el padre asumió la dirección de una sucursal de su banco y pudo, poco a poco, rehacer su fortuna. Iréne se había matriculado y licenciado en Letras en la Sorbona y cuando publicó David Golder (1929), ya había escrito y enviado cuentos a la revista bimensual ilustrada Fantasio.


        Irène acude a bailes, recepciones, casinos y en una de esas veladas conoce a Michel Epstein, ingeniero en física y electricidad por la Universidad de San Petersburgo, que trabaja en el Banque des Pays du Nord, se agradan, flirtean y finalmente se casan en 1926.  Denise, su primera hija, nace en 1929, y una segunda niña, Élisabeth, en 1937. Ante la psicosis de guerra y el antisemitismo violento que se vive en la época, deciden convertirse al cristianismo en la madrugada del 2 de febrero de 1939. El inicio de la Segunda Guerra Mundial será inminente. El primer estatuto de los judíos el 3 de octubre de 1940 les asigna una condición social y jurídica inferior. La partida de bautismo de los Nèmirovsky no les resulta de ninguna utilidad. Durante 1941 y 1942 escribe La vida de Chejov y Las moscas del otoño que no se publicarán hasta la primavera de 1957, y además emprende su trabajo más ambicioso, Suite francesa. El 13 de julio de 1942 los gendarmes llaman a la casa de los Nèmirovsky, detienen a Irène y el 16 es llevada al campo de concentración de Pithiviers y al día siguiente es deportada a Auschwitz y asesinada el 17 de agosto de 1942.
        El baile, entregado solo unos meses después del éxito de David Golder, es un breve relato de una medida y una eficacia poco corrientes en este tipo de entregas. En apenas cien páginas, la narradora cuenta la irritación adolescente de una niña de catorce años que ha visto cómo durante los últimos tiempos sus padres han prosperado gracias a un acertado giro bursátil y ahora son una adinerada familia que pretende formar parte de la alta sociedad francesa en el París del glamour de comienzos de siglo. Pero, como aún no han conseguido ese reconocimiento, los señores Kampf organizan un baile de sociedad dejando a Antoinette fuera de ese acontecimiento o esa ceremonia de iniciación como ella la entiende. Pronto la joven fraguará un modo de vengarse que provocará una humillación para sus padres. Lo significativo del relato no es la historia en sí, sino esa despiadada visión de una sociedad, la situación absurda a que lleva la soberbia autoafirmación materna frente a ese dolor de rechazo provocado y sufrido por la adolescente que le llevará a una rabieta transmutada en un odio de consecuencias tan dramáticas como reveladoras para el curioso lector. Solo entonces, cuando la joven ve el resultado de su actuación, tras sentir una especie de desdén, de indiferencia despectiva, comprende que los adultos pueden sufrir por aquellas cosas más fútiles y pasajeras y en un destello inaprensible, al fin, adivina la humillación a que ha sometido a la madre en un mundo, no menos, injusto, malvado e hipócrita. Quizá la propia Némirovsky, de veintisiete años cuando escribió la historia, pretendiera reproducir esa difícil relación madre-hija para salvaguardarse de toda esa estupidez  humana que había vivido en su adolescencia parisina y profundizar así en su propia conciencia de adulta.
        La historia de la publicación de Suite francesa recuerda a un milagro porque en su huida, las dos hijas de Irène y Michel, acompañadas de una tutora, llevaban consigo una maleta que contenía documentos, fotos de familia y el último manuscrito de la autora, redactado en una letra minúscula para economizar tinta y en un pésimo papel de guerra. La maleta acompañó a las niñas en sus frecuentes fugas, primero en un internado católico y poco después en sótanos donde eran de nuevo descubiertas. Cuando los superviventes de los campos llegaban, casi diariamente a la Gare d l´Est, las niñas Denise y Élisabeth acuden allí todos los días esperando a su madre. Su padre, Michel, había sido ejecutado el 6 de noviembre de 1942, también, en Auschwitz. Transcurridos unos años, Denise y Élisabeth, ahora de apellido Gille, tomaron la decisión de confiar el manuscrito y la obra de su madre al Institut Mémoire de l´Edition Contemporaine, aunque antes de separarse del manuscrito conservado, Denise, decidió mecanografiar e introducirlo en la memoria de un ordenador, rescribiéndolo por tercera vez, tal y como ha llegado actualmente a los lectores.
        Suite francesa es un sobrecogedor retrato de Francia y los franceses en aquella época de encrucijadas: éxodos, niños hambrientos, coches cargados por carreteras bombardeadas, burgueses abandonando París, prostitutas de lujos despachadas por sus amantes, convoyes militares, en suma la radiografía de un país entero abandonado a su suerte.  Mientras Elisabeth Gille, la hermana de Denise, preparaba El mirador: memorias soñadas. Iréne Nemirovsky (1992), traducido al castellano, por primera vez, en 1995 por la editorial española Circe (Barcelona), la biografía imaginaria de aquella a quien no había tenido tiempo de conocer, pues la pequeña Elisabeth sólo tenía cinco años cuando los nazis asesinaron a su madre.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Sabías que...






      “Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos; si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen”.
                                            François de la Rochefoucauld

viernes, 17 de noviembre de 2017

Enrique Vila-Matas



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PARÍS SIGUE SIENDO UNA FIEST                           
              
        La vida como el fragmento de una novela, una autobiografía personal y literaria, un inteligente collage o una mezcla de crónica particular, un ensayo sobre la evolución de la narrativa de los últimos treinta años o, incluso, el arte de la pura ficción en suma. El escritor Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), viene entregando, últimamente, una irónica y original reconstrucción de sus vivencias personales noveladas, una práctica que incluye escribir sobre su vocación literaria y, aún insistiendo, su literatura deriva a una meditada reflexión sobre las razones que justificarían el sentido último de la escritura y las posibilidades de codificar cualquier acto que se distinga como literario. Solo así se entendería un libro como, París no se acaba nunca (2003), la novela homenaje de un aprendiz de escritor que para justificar su parte de ficción, y en un inteligente guiño inicial, pretende parecerse cada vez más a Hemingway, pero a un Hemingway mitificado y de leyenda cuya estela se extiende a nuestros días y se actualiza en el concurso que sobre el escritor se celebra, anualmente, en Key West, Florida, donde se congregan centenares de sus imitadores para convertirse en el más fiel retrato del novelista. Es esta, evidentemente, una manera más de sortear una realidad a la que Vila-Matas desafía con cada uno de sus textos y que de nuevo nos sorprende por ese espacio de libertad a que aspira el autor, porque en su narrativa última confluyen esos espacios en los que la ficción y la realidad se sostienen por ese minúsculo hilo argumental que cada lector quiera otorgarle. Como ocurre en la presente novela o ensayo o autobiografía en la que, enmascaradamente, un joven aspirante a narrador se traslada al París que Hemingway retrata en París era una fiesta, y donde el escritor había sido «muy pobre y muy feliz». Y el joven barcelonés lo hace para escribir su primera novela y para colmo de sus males se dará de bruces con una casera, a quien alquilará una buhardilla, llamada Marguerite Duras y quien cuando conoce sus intenciones, entre otras cosas, le ofrecerá, en un papelito, una especie de decálogo sobre el arte de la escritura. Y, él, en cambio nos ofrecerá los retratos más inverosímiles de esa gran dama, capaz de enojarse, al final de la novela, con un funcionario de la Électricité de France y ante la mirada atónita del joven Vila-Matas quien había acudido a su casera por el apagón producido en la buhardilla poco días antes de su vuelta a la ciudad condal. Un final redondo porque después de este sorprendente episodio, la dama salió de la vida del escritor para nunca más volver.
        Así comienza el relato de una impostura, la del joven Vila-Matas aspirante, cuyo testimonio autobiográfico se sustenta por la reconstrucción ejemplar de un París de los setenta, una excepcional experiencia de cómo vivir la literatura en el país vecino, con abundantes referencias a los personajes que el joven descubrió allí, exiliados hispanoamericanos y españoles, gente de la farándula y el resto de la bohemia literaria y cinematográfica, curiosidades que hoy demuestran esa innegable inocencia juvenil. En muchas de las páginas de este libro se repetirá, una y otra vez, esa concienzuda indagación llevada a cabo durante años por el escritor sobre las razones y el sentido mismo del concepto de escribir y esto en alguien que, para iniciarse, escribe La asesina ilustrada, un primer libro que, por otra parte, tiene la facultad de matar a quien sea capaz de leerlo, y ya entonces supuso que el resto de su vida se iba a asentar en la ironía. Y visto así, el proyecto vilamatiano desde Historia abreviada de la literatura portátil (1985), pasando por Bartleby y compañía (2000) o, su renombrada y premiada obra anterior, El mal de Montano (2002), ha mejorado mucho en este sentido.



PARÍS NO SE ACABA NUNCA
Enrique Vila-Matas
Barcelona, Anagrama, 2003

jueves, 16 de noviembre de 2017

Rafael Reig/ Albert Angelo



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LITERATURA PARA CANÍBALES

       Dos curiosos libros acaban de aparecer en España que, de alguna manera, desfiguran la imagen del escritor y su mundo, me refiero a Manual de literatura para caníbales (2006), de Rafael Reig y Escritores contra escritores (2006), de Albert Angelo. El tema abordado en ambos casos es la literatura y los escritores, aunque el primero proyecta, desde una visión cronológica, parte de la historia de la literatura española del XIX y el XX, y el segundo una posible historia secreta de la literatura.
       La novela es un género donde cabe todo, afirmó Baroja, un juicio que no ha dejado indiferentes a propios y ajenos durante las últimas décadas, sobre todo cuando, periódicamente, se pone en tela de juicio el valor o la función de la novela o la narrativa en general, pero, una vez leído, este Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig , autor, por otra parte, de una obra narrativa atrevida y un amante de la literatura profunda, capaz de escribir un híbrido maravilloso como el presente porque lo que destila este texto es humorismo por todos sus poros y, aún más, porque sus impertinencias van más allá de cualquier manual de buenos modales, resulta que es la muestra de una inteligente visión de los espectros literarios que soslayarían cualquier equívoco a que nos llevara su título. Sólo así podríamos hablar, en una primera apreciación, de una obra narrativa, de una historia literaria con cierta visión crítica y con abundantes opiniones personales e incluso, insistiendo, podríamos ver en el libro un cierto aire de manual rancio que incluye propuestas de ejercicios complementarios y preguntas al terminar cada uno de sus capítulos, porque, para delimitar de una vez el género, lo que nos ofrece Reig es una novela, con varios protagonistas, los Berlinchón que, a lo largo de los dos últimos siglos de nuestra historia literaria, evidencian, y de qué manera, su presencia en la misma y comienza su recorrido, a la par que los berlinchones, desde el Romanticismo hasta un anticipado siglo XXI, concretamente, en el año 2012 cuando las diferentes escuelas literarias inicien su particular guerra civil y ésta acabe con la literatura.
               Reig advierte que novelistas y poetas, por hábito histórico, por fatalidad o por decisión propia, son siempre caníbales: se devoran unos a otros. Y con este planteamiento el autor se permite libre y sin prejuicios reconstruir parte de la historia literaria en la que autores y personajes parecen convivir, desde una evidente óptica paródica, sarcástica y humorística, vierte juicios de lector entendido en la materia, de docto enseñante y, sobre todo, de caníbal para ofrecernos ese otro manual, repleto de chismes literarios y extraliterarios con que divertir al público. El atrevimiento de Reig es tal que, además de los muertos evocados, se permite, y sin duda añade valor al libro, desmantelar algunas de las figuras actuales del panorama narrativo y cuantifica acerca de algunos fenómenos como movimientos literarios y generaciones, sobre todo del 98 en adelante, pasando por la espléndida del 27 y la larga postguerra española con la abundante nómina de tremendistas, realistas, neorrealistas, o metafísicos, con que se ha nutrido nuestra literatura. Pero lo curioso de este singular manual es que, al hilo de las valoraciones y juicios de valor, el autor se permite retratos literarios de no menos curiosidad inquietante acerca de maestros como Darío y Vallejo e incluso sobre Pepe Martínez, léase Azorín. Relata el proceso creativo de Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad, la posterior concesión del Nobel al colombiano, pero sobre todo carga las tintas en uno de los últimos capítulos titulado «La guerra de las dos Marías» que, como es el dominio común, se refiere a Fernando y a Javier, con la que uno podrá o no estar de acuerdo pero que desmantela algunos valores de una oficialidad con que se maquilla nuestra literatura, toda, la buena, la mala y la regular, y envanece a nuestros autores en sueños de gloria literaria. 
       El prologuista de este pequeño (por el formato), singular y curioso libro, Jordi Costa, afirma que Escritores contra escritores  dibuja una posible historia secreta de la literatura a través de rencillas, descalificaciones y desafíos; por otra parte, añade que, en realidad, su autor Albert Angelo, da voz a muchos de los tótems que doctas academias le otorgan el calificativo de clásicos y de esta, única, manera se conocen algunas de las fobias de los más interesantes escritores de los últimos siglos. Exabruptos y descalificaciones  ofrecen al curioso lector la sublimada visión de rencillas entre quienes se consideran las Blancanieves de todos los saraos literarios. Visto así el libro brinda, pues, el suficiente aliciente para que podamos meternos de lleno entre sus páginas porque, cuando nos vamos al índice, la nómina encontrada desde la A a la Y reproduce los nombres de no pocos autores de la literatura universal que considerados como «Escritores políticamente correctos» muchos de ellos forman parte de ese Pressing Catch de las Letras, es decir, el club de aquellos sujetos que durante años han desarrollado un lenguaje fundamentado en la descalificación, en la puñalada barroca o el exabrupto con filigrana discursiva o lo que podríamos calificar como «partirse la cara hasta que uno de los dos muerda la lona que le otorga el oprobio público». Y, aún así, por siempre jamás, los escritores no dejaran de ser aquellos aduladores que consideran su ego como el único punto de partida para expresar lo que llevan dentro; sólo quienes no aparecen en este libro, por uno u otro motivo, seguirán siendo esos muertos de hambre, esos buscavidas o esos cantamañanas que por mucho que se afanen seguirán sin lograr vivir del difícil arte de la escritura.
               Tampoco hay que olvidar que «en literatura no hay nada escrito» y aunque no lo parezca, escribir es un arte, ser escritor es ser un artista y por consiguiente sujeto a esos posibles éxitos que otorga la vida; quizá por eso, un fracaso, de vez en cuando, cura el ego y le ofrece a los amigos motivo para la tristeza pero a los enemigos, indudablemente, más páginas para un libro como el presente. Indudablemente, también, la literatura, como ha señalado un escritor que no aparece en la nómina de Escritores contra escritores, sea esa extraña máquina que traga, que absorbe y convierte a los escritores en vampiros (el escritor citado es Bernard Henri Lévy). Y, aún insistiendo más, quizá los malos escritores son los que intentan expresar sus débiles ideas en el lenguaje de los buenos.  Ordenados alfabéticamente, no se salvan los nombres de Isabel Allende, Jane Austen, en reiteradas opiniones de Kingsley Amis y Mark Twain, quien afirma algo así como, «la simple omisión de los libros de Jane Austen haría una librería bastante decente de una que no tuviese un solo libro». O nuestro Pío Baroja, recordado en estos días a los cincuenta años de su desaparición, sobre quien Ortega y Gasset arremete hasta el extremo de afirmar que «leemos página tras página y vamos adquiriendo la condición de que no interesa al autor (...) ni el arte de la novela, ni en arte en general». Los reiterados ataques de Gore Vidal a Truman Capote de quien llegó a afirmar que «su muerte fue una buena maniobra profesional». Incluso nuestro Nobel más polémico, Camilo José Cela, calificado de plúmbeo por Marsé o chulapo descarado y castizo por Benet; y, tampoco, Miguel de Cervantes ha escapado a furibundas opiniones de contemporáneos; como por ejemplo Lope que afirmaba «de poetas, no digo: buen siglo este. Muchos están en ciernes para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote» y posteriores como la de Nabokov que llegó a escribir, «Recuerdo con deleite la vez en que, para gran turbación de mis colegas más conservadores, hice trizas el Don Quijote, ese viejo libro crudo y cruel, ante seiscientos estudiantes en el Memorial Hall». O, para finalizar, el inmortal Julio Cortázar a quien su paisano César Aira vapulea y afirma que «el mejor Cortázar es un mal Borges». Perdón por tanta enumeración, pero al menos un botón de muestra servirá para abrir el apetito ante semejante festín o si alguien, por otro lado, piensa que no merece la pena seguir tras esta breve selección, tal vez el zoológico está ya muy lleno para incluir más fieras, pero lo de que si estamos seguros es de que, no por ofensivo, resulta menos excitante, aunque por motivos extraliterarios. No se olviden, tampoco, de aquello que afirmaba Mauriac: «un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón que un pésimo vino también puede llegar a ser un buen vinagre». Una bibliografía mínima y unas fuentes sin datos adjuntos, completan el volumen de perlas ensangrentadas como afirma el prologuista.

MANUAL DE LITERATURA PARA CANÍBALES   
Rafael Reig
Debate, Barcelona, 2006, 311 págs.
      
ESCRITORES CONTRA ESCRITORES
Albert Angelo; Prólogo de Jordi Costa
El Aleph, Barcelona, 2006, 174 págs.