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martes, 31 de octubre de 2017

José Martín de Vayas



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PANORAMA POÉTICO GRANADINO

       Juan Mata, autor del prólogo de la reciente compilación, Todo es poesía en Granada (2015), afirma que “Granada suele presentarse como una ciudad de poetas, además de cómo una ciudad poética”, un tópico rutinario o complaciente, para justificar una antología amplia, un panorama poético de 2000 a 2015; e insiste, con cierta razón, que históricamente sigue siendo una ciudad donde prospera la poesía, y la validez de sus poetas no deja lugar a duda alguna. Una milenaria realidad poética, construida con los versos nazaríes de Ibn Zamrak, Ibn al-Jatib, Al-Rakuniyya, los ecos de Soto de Rojas y Hurtado de Mendoza, las voces de García Lorca, Rosales, y de Elena Martín Vivaldi, aun resuenan por calles y plazas de la ciudad del Darro y del Genil, toda una realidad lírica viva que se extiende a lo largo del siglo XX y que, en el recién estrenado el XXI, convierte a Granada en la ciudad de los poetas. Hoy se suman los nombres de quienes siguen mostrando la curiosidad, la admiración, la emoción, los sentimientos que contienen unos versos, transmiten sus experiencias y estímulos, o transitan lugares donde la poesía aun se deja oír en una mágica como hermosa ciudad.
       La selección, que reúne a ciento cincuenta poetas, no se restringe a los límites geográficos, aunque son mayoría los autores nacidos en la capital o la provincia, casos de Rafael Guillén, Antonio Carvajal, Luis García Montero, Trinidad Gan o Teresa Gómez, pero en igual proporción han tenido su espacio escritores foráneos muy vinculados íntimamente con la ciudad como Julio Alfredo Egea, Miguel d'Ors, Ángeles Mora, Mónica Doña, José Lupiáñez, Dimitris Angelis o Javier Bozalongo, en una variedad textual y lírica sorprendente. En la antología aparece un amplio abanico generacional, desde los más veteranos por edad y obra, los mencionados Guillén, Egea y Carvajal, o los casos de Juan de Loxa, Jenaro Talens, Esperanza Clavera o Rosaura Álvarez, junto a escritores mucho más jóvenes y con un prometedor futuro, Paula Bozalongo, Álvaro Holgado, F. David Ruiz o Cecilio Morales. Diferencias generacionales que el antólogo justifica afirmando que «el poeta no es solo una cuestión de edad, es verdad que con mayor experiencia se consolidan las líneas de trabajo pero hay gente que con muchos años pueden seguir siendo innovador y otros que con menos años, tiene ya una lista que sigue con cierta fidelidad y su poesía es más ajena a los cambios». Javier Egea, el poeta de Paseo de los Tristes (1982) y La otra sentimentalidad (1983) es el único que no se ajusta el límite temporal del libro; su presencia, según Martín de Vayas, tiene un motivo, «Aunque no está entre nosotros, su poesía tiene cada vez un prestigio mayor y sigue estando vigente, con una asociación dedicada a su memoria que realiza importantes actividades (…). Él no ha estado estos años, pero su poesía no nos ha dejado en ningún momento».
       El paso del tiempo y las estaciones, lugares y rincones favoritos, imágenes de la ciudad y sus alrededores, la mujer, la suerte y la fortuna, los deseos y anhelos, el amor y la vida, temas que se repiten y se reescriben en este buen puñado de versos que impregnan calles y plazas de la ciudad de la Alhambra.







TODO ES POESÍA EN GRANADA
(Panorama poético, 2000-2015)
José Martín de Vayas, antólogo
Granada, Esdrújula, 2015.

lunes, 30 de octubre de 2017

Guillermo Busutil



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EN MITAD DE LA BATALLA       
       La vida cotidiana es un frente de batalla donde se combate a pecho descubierto día a día y, en ocasiones, apenas si nos queda el valor de la palabra; o al menos, eso se desprende de la recopilación que Guillermo Busutil (Granada, 1961) ha realizado de las columnas dominicales que domingo tras domingo ha ido publicando entre 2013 y 2014 en las páginas de La Opinión de Málaga y que, acertadamente, ha titulado Noticias del frente (2014). La literatura de Busutil, caracterizada de valiosa y valiente, convierte a estas columnas en una suerte de heroísmo para los tiempos que corren, un acto de resistencia donde la dignidad de lo que fuimos, lucha frente a una denostada derrota sobre esas víctimas que se lamentan ante un paisaje desolador y cuya única resistencia posible es la suerte de un periodismo vocacional y, en ocasiones, lo mejor de la literatura.
       La huella humana de una cruenta realidad social se ve invadida por los poderes económicos que la casta de toda una geografía política ha ido construyendo en una larga sucesión de bonanza y bienestar social hasta convertir la sombra de la crisis en una mercancía tan adulterada que los gerentes de la especulación aun recogen su fruto a manos llenas. El bien y el mal nietzscheano ya no existen, el miedo convierte todo en mentira y, el periodista intuye desde sus mismas crónicas como la verdad puede convertirse en un error y admite que las mentiras más comunes son aquellas con las que a diario nos engañamos a nosotros mismos. Guillermo Busutil procede de oficio periodístico que se formó en una época en la que aun era posible hablar con confianza y en libertad, con esa mirada limpia que convertía a la profesión escrita o radiofónica en ese acto de resistencia, cuya memoria dignificaba cuanto tocaba. Hoy es tan solo un  resistente en la guerra fría de lo cotidiano y escribe sus artículos y sus crónicas de sociedad, sus reflexiones políticas y literarias, o sus asombros ante la economía y la corrupción bajo la sombra de la ambición, el más sutil de los conflictos. Busutil recorre en Noticias del frente numerosos aspectos de la realidad, la sociedad, la política, la economía, la cultura, sucesos y deportes, incluso obituarios, y apunta con una sutilidad y precisión léxica el testimonio de su forma de entender el mundo, o en su defecto de interpretarlo. Un mundo hoy, tan deshonesto como desproporcionado, domesticado por el capital que doblega a los poderes públicos y condiciona al individuo a una existencia de perpetua tensión, a una guerra permanente, condenándolo a refugiarse en las trincheras; de ahí, el emblemático título con que el granadino titula su nuevo libro. Maestro en las formas, sus columnas se convierten en auténticos relatos, género que ha cultivado con profusión, de ecos cortazarianos, como el argentino, nunca deja de lado la ironía o la sátira más cruel, y esa intensa inteligencia que dosifica cuanto dice, a la par que construye auténticas narraciones que, una tras otra, no dificultan su lectura, aunque en favor de su propuesta debamos concretar que el oficio periodístico está presente en esta recopilación de excelentes artículos de domingo por la mañana.






NOTICIAS DEL FRENTE
Guillermo Busutil
Zaragoza, Tropo Editores, 2014

domingo, 29 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 122



STEVENSON, EXLORADOR DE LABERINTOS


        Robert Louis Stevenson fue un ensayista, un pensador brillante y amistoso, al igual que ameno observador de los placeres y de las flaquezas humanas, Escribir. Ensayos sobre literatura (2013), nos devuelve al más lúcido articulista, confesiones y recuerdos sobre su propio trabajo y de sus maestros literatos.
              
       Fue la suya una existencia plagada de aventuras, sus viajes le llevaron por medio mundo y su amistad con algunos de sus contemporáneos lo convirtieron en uno de esos escritores que a uno le dejan una asombrosa visión por la obra bien hecha. El autor es Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850- Valima, Samoa, 1894) y el texto que ahora podemos leer en español se titula Escribir. Ensayos sobre literatura (Páginas de Espuma, 2013), traducido por Amelia Pérez de Villar, recoge una amplia muestra de los ensayos y artículos publicados en diversas etapas del escritor escocés y desconocidas por el seguidor español de la estupenda prosa del autor de La isla del tesoro o Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Dividido en tres grandes apartados, “La escritura”, “Los libros” y “Lo escritores”, ofrece su rigurosa visión sobre la seducción de la escritura, sus textos de cabecera o su proceso de escritura en varias de sus obras, así como sus autores y libros favoritos, como Hamlet, El Vizconde de Bargelonne, Ensayos, de Montaigne, o la propia Biblia.
       El escritor poseía un quebradizo carácter que nunca lo abandonó pero, en palabras de su hijastro Lloyd Osbourne, pasear con él constituía uno de los grandes placeres y un acontecimiento repleto de imaginación porque, de repente, podía creerse un pirata, un piel roja o un joven oficial de marina con informes secretos para entregar a un famoso espía. Stevenson es el tipo de escritor que ha ofrecido en su obra el fascinante estudio de los hombres que llegan a mantenerse vivos por una especie de fuerza sobrenatural, y que nunca llegan a morir porque rechazan, una y otra vez, de una forma implacable, la muerte.
       Alberto Manguel reunía en un libro anterior, Memoria para el olvido (2005), un conjunto de ensayos inéditos hasta el momento en España, escritos en diversas épocas de la vida del autor escocés, algunos incluso de su época universitaria en Edimburgo, es decir, durante los años 1876 y 1879, sirva como ejemplo el primero de todos titulado «Juego de niños» paradigma del interés que resulta obvio en los gustos infantiles y en los gustos de los adultos. En este mismo apartado, otros dos pequeñas joyas que merecen ser tenidas en cuenta, «Simples, un penique y de color, dos» y «Los portadores de faroles».
       Stevenson al margen de ejercitarse ampliamente en el oficio de escritor, o de los misterios que nos proporciona nuestra existencia, ensaya en sus textos sobre el mundo de la escritura y de la literatura, sobre esa percepción individual que otorga la naturaleza humana ante todo tipo de conocimiento, incluso postula sobre la necesidad de recomponer nuestra memoria y, sobre todo, muestra la frescura de la palabra o cómo él mismo afirma, «las palabras (...) deberían sonarnos (...) como el sonido del oleaje», muy lejos de la urdimbre de una retórica eminentemente propagandística. Esta y no otra es una visión más del mundo stevensoniano que él mismo ensanchaba con cada nuevo libro suyo.
       La visión  que ofrece Stevenson en estos ensayos no resulta en absoluto academicista, cargada de una terminología ambigua, o aportando excesiva abundancia de datos, sino más bien se toma la libertad de opinar desde un plano exterior, vislumbrando las posibilidades que ofrece el texto, alejándose así de un estudio y opinión meramente crítica al uso. Aparece, por consiguiente, una mirada perspicaz de los temas y de los autores que vana apareciendo en los tres grandes apartados apuntados y, así, el escritor ofrece una doble visión, la de su finísimo conocimiento literario y, al mismo tiempo, sus pensamientos al respecto, en una estilo inigualable, como la calidad de su propia prosa. De igual manera, entre las páginas de Escribir, queda patente y puede observarse su entrega más profunda al hecho literario y cuanto tiene que ver con la profesión. Artículos generales con percepciones distintas, subrayan una amplia perspectiva, en el primero de los apartados, sobre el género narrativo y, sobre todo, subraya y especifica la honradez del escritor a la hora de abordar el hecho literario, además de la utilidad que se derive de ello. Las perspectivas esgrimidas, desde luego, por Stevenson resultarían hoy día insostenibles, en una era donde la técnica propicia el arte del “corta y pega”, la facilidad y las prisas. Sin duda, lo mejor de esta primera parte, es la pequeña autobiografía que cierra la sección, “Cómo aprendió Stevenson a escribir, de modo autodidacta”, y así afirma: “La descripción era el principal ámbito de mis práctica, porque para cualquiera que esté dotado de sentidos siempre hay algo que merece la pena describir, y tanto el campo como la ciudad son un tema inagotable. Pero también trabajaba en otros ámbitos: solía acompañar mis caminatas con diálogos dramáticos en los que yo hacía varios papeles, y me ejercitaba también  en la transcripción de conversaciones de memoria”.


       Los libros que, de alguna manera, han influido en él, se repasan en un artículo de igual título y, en este mismo apartado, añade una relación de sus propias obras y la gestación de las mismas y, curiosamente, comenta algunos cotilleos sobre la novela romántica.  Y en un último apartado argumenta sobre las novelas de Víctor Hugo, Dumas, además de su actitud curiosa sobre los norteamericanos, Whitman, Thoureau e incluso, Poe o François Villon, a quien califica de “estudiante, poeta y ladrón”, aunque la mejor parte se la lleva su paisano Robert Burns, con quien escribe tener cierta empatía y algún territorio común de experiencias y de quien afirma “es capaz de escribir con naturalidad sobre otro hombre”, y a quien le dedica una extenso estudio, mitad biográfico, mitad analítico. Aunque, también, se atreve a definirlo como “un tipo orgulloso, obstinado, impetuoso, que buscaba el placer y la notoriedad”. Y sobre todo, escribe y escribe sobre las cuitas amorosas de un enamoradizo Burns.
       Los textos de la presente edición fueron escritos  para revistas como Scribner´s Magazine, Forthnighty Review y Cornhill Magazine, durante veinte años, entre 1874 y 1894, el año de su muerte, y además de subrayar lo expuesto sobre el matiz de estos juicios literarios, una vez que uno lee el conjunto contempla como Stevenson es capaz de aunar prosa de acontecimientos que rayan en lo exótico, lo increíble y lo natural o naturalista, como ocurre en “Apuntes sobre el realismo”, donde muestra si poco apego por la “tendencia del detalle extremo” de la escuela francesa, cuando define la novela “bien formada” que es capaz de despertar el interés del lector, y así es capaz de volver la vista a las novelas románticas de Víctor Hugo. El escritor advertía del poder de la prensa como un elemento esencial en la información y educación de los ciudadanos, al margen que ironía y critica la ligereza y falta de verdad de la misma, aunque distingue entre ambas facetas, la periodística y la literaria y quien la ejerce.
       Leer, leer y siempre leer, insistirá Stevenson a lo largo de su vida. Leer de una forma permanente desde la infancia misma, durante la juventud y siempre de forma autodidacta. Leer y copiar de los maestros como ese espacio imprescindible para el aprendizaje y así a los ya apuntados a lo largo de estas líneas, apunta seguir a Hazlitt, Lamb, Wordsworth, Defoe y Hawthorne; incluso, menciona y escribe  que se debe copiar de los maestros como un ejercicio previo para adquirir el propio estilo. En cada uno de estos ensayos se intuye su amor a la literatura y, por añadidura, su profunda convicción lectora.

Stevenson, Robert Louis; Escribir. Ensayos sobre literatura; Madrid, Páginas de Espuma, 2013; 448 págs.

sábado, 28 de octubre de 2017

Sabías que...






     “El primer consumo de café fue en forma de comida. Se masticaban los granos crudos directamente o se hacían pastillas con las bayas de café machacadas mezcladas con grasa animal”.  

viernes, 27 de octubre de 2017

Javier Expósito Lorenzo



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EL MUNDO UN RECIPIENTE SAGRADO                    
              
       Luz, vida y amor estructuran en una intensidad creciente un libro de difícil clasificación si nos atenemos a cánones establecidos, aunque el sentimiento expresado en estas páginas comparte cierto aire de lirismo místico y las piezas narrativas que componen, Más alto que el aire (2013), de Javier Expósito Lorenzo (Madrid, 1971), intensifican su valor más allá de lo presumiblemente metafísico, ofreciendo ese punto de lectura espiritual que bien puede inscribirse en toda una tradición milenaria oriental, como contrapunto de la occidental para así otorgarle hoy el contenido y el sentido necesario en muchas de nuestras actitudes humanas.
       La búsqueda de lo absoluto, y una reivindicación de la vida y el amor como redención, componen, en esencia, la temática esgrimida por Expósito Lorenzo en este puñado de páginas que sin agotar temas, muestra un camino por recorrer, un horizonte que vislumbrar, y una meta como punto de llegada adonde dirigirnos. Al hilo de todo esto, este es un libro que parece escrito desde el dolor mismo,  aunque en sus palabras se vislumbra esperanza, incluso alegría de sobrevivir, de aceptar aquello que nos brinda la experiencia y las posibilidades que se devienen de ese otro camino emprendido: el propio conocimiento, la profundización en uno mismo para salvar errores pretéritos y nunca volver a los mismos. Este breviario, recorre todas las emociones humanas que, según el propio autor, se concretan en el amor, ideario de toda una existencia, motor de una vida, como él mismo ha experimentado y quiere transmitir a través de Más alto que el aire, además de anotar esos pequeños detalles con que se conforma nuestro cotidiano existir. La intensidad con que avanzamos en la lectura de estas líneas crece, explicada desde esa luz que arroja la cotidiana e inigualable belleza en la prosa de Expósito Lorenzo. Y lo mejor, una vez que uno llega al final, tras un laberinto de emociones, sentimientos, y pérdidas, nuestras dudas se resuelven en una auténtica superación, con esa iluminación que uno ve al final de un túnel y que lleva a un nuevo mundo, tras dejar las ruinas de uno más tenebroso.
       Pese a todo, y aunque Javier Expósito reivindica amor y vida como una posible redención, habrá que volver la vista a esa máxima que Anatole France preconizaba cuando afirmaba como nuestra existencia resultaba a la par tan deliciosa como horrible, tan encantadora como espantosa, tan dulce como amarga, aunque si nos fijamos bien, para algunos lo es todo. Este libro, en igual proporción, propende a ser una mirada al tiempo que fuimos: un niño, ese adolescente, o un joven que la mayoría de adultos abandonamos y que el autor rescata de un olvido emocional, como una necesidad vital para seguir subsistiendo. El adulto ha seguido creciendo, tiene hoy una visión diametralmente opuesta a la que el mundo le ofrecía, y así esta aventura, su particular cruzada, termina con un llamamiento a la esperanza.





MÁS ALTO QUE EL AIRE
Javier Expósito Lorenzo
Madrid, Los Libros del Olivo, 2013

jueves, 26 de octubre de 2017

Alejandro López Andrada



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SUEÑA EL CIELO
              
       Los libros tienen su historia y, sin duda, el motivo de su origen cae en lo paradójico y, no menos curioso, o sorprendente resulta descubrir cuál ha sido el impulso que ha llevado a un autor a elegir un tema determinado: el autobiográfico, el pesimismo vital o la crítica social de una determinada época, en concreto, la España de los años 40 a 60, por esgrimir algunos de los ejemplos del libro que nos ocupa. Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) recurre a ciertos recuerdos biográficos y, sobre todo, sustenta la justificación tanto psicológica como pedagógica de un personaje, Francisco Vigara, para realizar una defensa de las actitudes de una convivencia nacional de época a través de un testimonio insustituible, el párroco de Villanueva del Duque y su labor frente a una pequeña diócesis. La acción de este libro,  Los álamos de Cristo (2014), mezcla biografía y testimonio, propende a ofrecer la visión colectiva de una época dura, expresivamente en aquellas zonas rurales donde la realidad social española de postguerra era mucho más deprimente, un tiempo solo soslayado por esa asunción de la convivencia nacional que los españoles conllevaron sin pararse a desentrañar las diferencias y los aspectos que se disputaban en la sociedad cotidiana: sus dudas, negaciones o contradicciones y que, solo a través del espíritu religioso, conseguían simular; en realidad, una particular libertad de pensamiento que la sociedad afrontó con serena pasividad.
       Estas y otras muchas son las razones por las que López Andrada nos propone leer en Los álamos de Cristo esa felicísima niñez y el recuerdo de un melancólico dolor que envuelve a muchas escenas de un paisaje sometido a una decadencia que se había alejado de la democrática visión de unos hechos ocurridos décadas antes, estos es, la ruptura de una democracia tras una fatal decadencia de la voluntad humana precedente. Pero, en ocasiones, este niño que recuerda, este adolescente que vive una realidad distinta, mantiene un espíritu sensibilizado que ha logrado dotarse de una increíble energía imaginativa, y así consigue establecer una asimetría entre lo real y lo ideal, tanto que el niño López Andrada procura retener en su memoria una jugosa, franca y múltiple visión de una realidad existente, y lo hace provocando con su escritura una selectiva acción humana que encarna, sin duda, el padre Vigara y todo cuanto acontece en torno a su persona, sus acciones pastorales y vivencias personales. Quizá por eso, este libro trasciende de la literatura y significa un documento valiosísimo para la solución de muchos de los problemas y sinsabores de un pasado español que todo el mundo recuerda y que, pese a alejarse, de la memoria, persiste en este personalísimo  interés del autor por dejar constancia de una España rural y caduca a los ojos de un presente. El narrador se muestra como un ferviente católico que no quiere herir dogma eclesiástico alguno ni las buenas costumbres de la época, porque sus divergencias coincidirán con las coincidencias de muchos de sus conciudadanos. Además de abundantes páginas y escenas de lirismo, con ejemplares metáforas, registros narrativos diversos, y de voces de antaño que se asoman tímidamente y recuerdan a paisanos y amigos, el narrador cordobés ofrece juicios de valor, tanto ideológicos como estéticos que procuran a lo largo del relato una información sobre las circunstancias históricas vividas, y se concretan con la estrecha relación mantenida con el cura a lo largo de las décadas, una amistad que aun se mantiene en pie porque la de este sacerdote fue la voz de los más humildes, como reza en la contraportada del libro.
       El escritor López Andrada hace literatura con una extremada sustancia vital, con el bagaje de sus muchas experiencias acumuladas a lo largo de buena parte de una vida, desde la niñez a la juventud y acercándose a esa madurez que le proporciona el conocimiento, y muestra cuál ha podido ser el motivo de convertir sus vivencias en una obra de ficción, sin duda preservar una época, unos lugares, unos hechos, unos ambientes irrepetibles, y  la suerte que aconteció a muchos amigos y conocidos de ese inexcusable sentimiento que supone el olvido, o la eterna búsqueda del tiempo perdido que solo el testimonio personal acaba otorgándole el valor necesario. Para la construcción de muchos de estos personajes, el narrador ha combinado, perfectamente, las impresiones vividas en su niñez y la información que muchos años después le proporcionara el propio Francisco Vigara. Muchos aparecerán con su propio nombre, otros bajo un ligero disfraz literario que aporta el valor a la obra porque, entre otras muchas cosas, no se trata de reproducir una realidad que el narrador transfigura por propia experiencia, sino que añade ese valor estético, de calidad literaria que se le presupone a toda buena obra y, en definitiva, para que a los lectores nos sirva para aproximarnos a los íntimos secretos, a la realidad humana de alguien que vivió los hechos y los escribe para que así podamos entenderla mejor.





LOS ÁLAMOS DE CRISTO
Alejandro López Andrada
Madrid, Trifaldi, 2014.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Diez aforistas del siglo XXI



BAJO EL SIGNO DE ATENEA
Diez aforistas del siglo XXI


        El término aforismo proviene del griego ἀφορίζειν, que significa definir. Y según el diccionario, el aforismo es una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en una ciencia o arte. El aforismo pretende expresar un principio de una manera sucinta, coherente y en apariencia cerrada.
        Un aforismo forma parte de una idea poética, de una idea literaria, un tipo de escritura mediante la cual se puede emitir una idea fulminante.
        El término fue utilizado por primera vez por Heráclito de Éfeso, refiriéndose a una serie de proposiciones relativas a los síntomas y al diagnóstico de enfermedades. Este concepto se aplicó a la ciencia física y, posteriormente, se fue generalizado a todo tipo de principios.
        Para algunos autores, los aforismos nunca coinciden con la verdad, o son medias verdades o verdades a medias. Esta capacidad del lenguaje para poder ocultarse o para refulgir ha cautivado a muchos escritores, que encuentran en el aforismo un camino para deslumbrar con su capacidad de pensamiento.



Bajo el signo de Atenea

        Manuel Neila reúne a diez aforistas en una antología que titula, Bajo el signo de Atenea (2017) y el antólogo sostiene que para George Steiner el epigrama, el aforismo y la máxima son los haikus del pensamiento. Y añade que Humberto Eco afirma que no hay nada menos definible que el aforismo, pero según José Ramón González parece resistir tenazmente cualquier intento de caracterización precisa y definida.
        En el Prólogo a su edición Neila escribe que “la renovación del aforismo moderno o literario coincide en el tiempo con la aparición de la escritura fragmentada, ligada inextricablemente a la mentalidad romántica”; y otro de los rasgos que “distinguen al aforismo moderno es su literaturización del enunciado que acaba de homologar esta modalidad expresiva con el discurso poético en la visión esteticista del escritor de la modernidad”; y un tercero que, de alguna manera, contribuyó a su renovación fue su “reforzamiento del carácter subjetivo del conocimiento y el desplazamiento de las prescripciones morales por la sugerencias éticas”.



La voz de la mujer
        Otra de las singularidades del aforismo moderno es la irrupción de la voz de la mujer que se venía reclamando desde tiempo atrás, y que aparecería ya en el clasicismo francés para desarrollarse plenamente en el romanticismo centroeuropeo; sin embargo, en lengua alemana las mujeres no ocuparon un lugar destacado hasta finales del XIX, y en el ámbito anglófono, la escritura del aforismo no se normalizará hasta el pasado siglo XX, si exceptuamos el caso de Emily Dickinson cuyos poemas se parecen a auténticos aforismos, y con respecto a las letras hispanas, con honrosas excepciones: Marian Frenk-Westheim, María Zambrano o Dionisia García, hasta bien entrado en XXI, caso de las diez aforistas que cultivan el género con probidad y se convierten en el mejor ejemplo de la práctica de escritura discontinua, aunque pertenecen a varias generaciones, según el antólogo, a tres concretamente: las veteranas Carmen Canet (Almería, 1955)  e Isabel Bono (Málaga, 1964), calificadas como generación de la democracia; la denominada, de entresiglos: Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968), Gemma Pellicer (Barcelona, 1972), Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976) y Erika Martínez (Jaén, 1979) y las más jóvenes y recientes, Victoria León (Sevilla, 1981), Eliana Dukelsky (Buenos Aires, 1982), Azahara Alonso (Oviedo, 1988) y Raquel Vázquez (Luego, 1990), la mayoría con un libro de aforismos publicado, y/o seleccionadas en antologías sobre le género.

Intencionalidad literaria
        Como asegura Neila, el aforismo hipermoderno o actual ha asumido sin inconveniente alguno la intencionalidad literaria hasta el punto de que aquel de intención poética ha terminado por convertirse en el preferido de las aforistas, contribuyendo de esta manera, y en buen medida, a la normalización y enriquecimiento de este tipo de escritura.
        Para Carmen Canet “el aforismo responde al aire ligero, fragmentario de nuestro tiempo (…). Los aforismos son instantes necesarios, terapéuticos, son comprimidos que deben tener su dosis de concisión, reflexión, humor, amabilidad, compromiso, crítica y verdad”; y Gemma Pellicer sostiene que “la práctica de este género ha ido a menudo de la mano de la reflexión (…) y al cabo de estos pensamientos literarios pueden convertirse en proyectiles de largo alcance”.





Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy; edición de Manuel Neila; Sevilla, Renacimiento, 2017; 246 págs.


martes, 24 de octubre de 2017

Carlos Castán



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HUELLAS DE UNA HUÍDA
              
       La Ruta 66 es esa mítica carretera evocada en literatura, cine y música, denominada la Calle Principal de América, que discurre entre la ciudad de Chicago y finaliza en Los Ángeles, una distancia total de 2.448 millas, y fue inaugurada en noviembre de 1926 e itinerario de los emigrantes que iban al oeste, sobre todo durante las famosas tormentas de polvo de los años 30. Carlos Castán (Barcelona, 1960) ha confesado no haberla hecho nunca, aunque ha escrito una historia en torno a ella, acompañado por las extraordinarias fotografías del norteamericano Dominique Leyva.
       Polvo en el neón (2012), la historia inventada por Castán, muestra esa especie de huida humana a ninguna parte, y así a lo largo de la ruta, de motel en motel, al tiempo que dialoga con Cheever, Shepard, o Carver, y Quinn, el protagonista, consume kilómetros y deja atrás desiertos, gasolineras y soledades que se van acomodando a su estado anímico, y que en el texto de Tropo se complementa por los numerosos detalles fotográficos que ilustran el libro, y muestra algunos rostros humanos que no se dejan ver, pero que se acomodan a la circunstancia y a las sensaciones que el medio provoca en el personaje. Imbuido de una anodina existencia sin sentido, Quinn intenta dar respuesta a muchas de las dudas y adhesiones de su vida. Es un perdedor que viaja con el pretexto de encontrarse con su hermano y hacerse cargo de un viejo motel que una vieja tía les ha dejado en herencia. Quinn está casado con Sally, a quien solo se nombra, pero mantiene una relación con Jessica que lo acompaña en el trayecto aunque pronto surgen los problemas y esta lo abandona; en realidad, aunque Quinn soporta su cursilería y sus equívocos conceptos sobre la vida y el amor, lo que más le duele es que también ella lo engaña con John Perkins.
       El texto minimalista de Castán avanza paralelamente a los kilómetros que recorre su protagonista, con evidentes resonancias míticas del medio oeste, y mezcla de una singular sutileza en la técnica narrativa, la psicológica visión que proporciona la fuga de Quinn, un personaje que a lo largo de la pequeña peripecia, se apaga y se enciende como esa luces de neón que deja atrás en su camino, por que sin duda, siente una necesidad imperiosa de volver a empezar cuando llegue a su destino que, sin embrago, el narrador nos propone y describe entre imaginario y real, además de las pequeñas  dosis de aventura e incertidumbre mientras recorre desiertos y carreteras solitarias hasta llegar a su destino.






POLVO EN EL NEÓN
Carlos Castán
Fotos de Dominique Leyva
Zaragoza, Tropo Editores, 2012

lunes, 23 de octubre de 2017

Diego Vaya



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VACÍOS
              
       Esta novela cuenta la derrota de una vida, y la acertada y congruente mirada que sobre ella proyecta el novelista Diego Vaya (Sevilla, 1980). En Medea en los infiernos (2013), se repasan las vivencias de una profesora de música que, recién separada, escapa a un lugar solitario mientras espera la vuelta sus hijos a quienes no verá durante unos días porque viajan con su ex-marido. Decide retirarse unos días al apartamento de muchos veranos felices, en una urbanización costera, para una vez allí escribir un pequeño encargo sobre las sinfonías de Dimitri Shostakovich, un músico esencial del vanguardismo, de contrastes agudos y elementos grotescos.
       Tras unos primeros momentos, verá como el mundo se derrumba a su alrededor, mientras hace tiempo en la deshabitada urbanización costera para empezar su artículo sobre la novena sinfonía del compositor ruso. Y en el paisaje solitario con un metafórico telón de fondo, esa mujer desorientada busca explicaciones, asimila su dolorosa soledad, rememora situaciones y episodios del pasado que adquieren un nuevo sentido desde el presente, y explora pormenorizadamente sus recuerdos. Y, poco a poco, se convierte todo en su contrapunto emocional. Será entonces cuando en tan agónica situación, comienza a meditar sobre su vida, y sobre su destino tras un trivial desenlace amoroso, tan repentino como imprevisto con el profesor de educación física de uno de sus hijos que, lejos de mostrarle una salida, la envuelve en la irremisible sensación de haber intentado una traición y una permanente idea de sentirse culpable, y además a medida que transcurren las horas, y pasamos las páginas, esta singular Medea se verá envuelta en sucesivas afectaciones de apatía, o desasosiego, de monotonía y desconcierto con respecto a su existencia, unido todo al quebranto que las extrañas circunstancias han ocasionado en su feliz matrimonio, para finalmente verse sumida en la soledad más absoluta.
       Medea en los infiernos es la reflexión personal sobre el desencanto vital de una mujer sensible, en la que pensamientos y conciencia conviven en una apasionada búsqueda para evitar el asfixiante ámbito personal que le ha llevado a buscar en la soledad una solución a su vida futura. Y en esas coordenadas en las que se realiza un viaje al fondo de la memoria, se experimenta una durísima bajada a los infiernos en la que el personaje se encuentra cara a cara con lo más profundo de sí misma: entre la razón, la conciencia y la experiencia de una vida, o una situación ambivalente que, con el paso de las horas, se convierte en un auténtico delirio, tras la dudosa realidad que está viviendo y deberá afrontar.





MEDEA EN LOS INFIERNOS
Diego  Vaya
XVIII Premio Universidad de Sevilla
Madrid, Punto de Lectura, 2013; 146 págs.


domingo, 22 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 121



PIONEROS DE LA BREVEDAD

       Cuentos norteamericanos del siglo XIX (2011), la nueva apuesta de Menoscuarto que intenta reconsiderar el canon literario, tanto con nombres conocidos, como otros menos difundidos entre lectores hispanos.

       A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la definición esgrimida por Edgar Allan Poe sobre las características del relato han servido para que la crítica norteamericana, y sobre todo los escritores surgidos posteriormente, pensaran que «un cuento requiere unas reglas como si éste fuera el más volátil de los géneros». Tanto es así que el narrador norteamericano llegó a afirmar que «un cuento tiende a dejarse leer de una sentada» y, aun añadía, que «las características formales del relato (incluidos los personajes, la estructura narrativa o el tono) debían conservar una unidad y subordinarse a conseguir ese efecto preconcebido por el autor (...). Con ese cuidado y con esa habilidad se logra una imagen y un sentimiento de plena satisfacción». Años después, Richard Ford, extraordinario novelista, sostiene que en la actualidad la «historia del relato en Norteamérica se concibe más bien como la historia de una actitud que se manifiesta de distintas formas: inicialmente «siendo algo crucial acerca de la vida que puede ser imaginado y expresado mejor—más claramente, más provocadoramente, más bellamente—en los relatos más bien breves que en los que son un poco largos (...)». Insiste el narrador norteamericano contemporáneo en que, efectivamente, «no hay en la actualidad ninguna tendencia estable, lo que hace del género que se muestre vibrante y que el resultado de las historias que se cuentan resulten buenas».


              
Cuento norteamericano

       El inicio de la producción narrativa norteamericana tuvo lugar en el primer cuarto de siglo del XIX, cuando Thomas Jefferson, ese gran animador renacentista de espíritu libertador y padre de la independencia, convivía con Washington Irving, gran viajero y escritor singular que había reunido sus relatos en 1820, en un libro titulado The Sketch Book. Pero, sobre todo, había contribuido a introducir la importancia de la cultura europea en la incipiente literatura norteamericana. Desempeñó durante muchos años misiones diplomáticas en España y de esa época son algunos de sus libros Crónica de la conquista de Granada (1829) y Cuentos de la Alhambra (1832). Hoy está considerado como uno de las padres de la moderna novela breve en Estados Unidos. Desde los textos del propio Irving y Hawthorne, Meville o Twain hasta los de Anderson, Welty, Faulkner, O´Connor, Capote, McCullers, Peter Taylor o incluso la joven Lorrie Moore, la esencia misma del cuento, proporciona el ritmo extra que la vida durante todos estos años ha omitido con el paso del tiempo. Hace casi una década aparecía,  Antología del cuento norteamericano (Círculo de Lectores, 2002), que cubre, según señala Richard Ford en su introducción, unos 175 años de historia del género, y se antologan textos tan clásicos como los de Irving (1783-1859), Hawthorne (1804-1864) o el excéntrico Bret Harte (1836-1902, o los que representan a las más jóvenes promesas como Coraghessan Boyle (1948-), Kincaid (1949-) o la propia Moore (1957-). Eso sí, son importantes por su esencia narrativa, por sus cualidades, por sus contornos esmerados, por su brevedad y su capacidad de moderación contra esa idea esgrimida de decir más cuando es mejor contar menos, fundamentándonos en el hecho esgrimido en las últimas décadas de que nuestra vida puede ser minimizada. Para Ford, «estos relatos afirman que en medio del gran tumulto aparentemente indistinguible de la vida, se puede encontrar lo primordial». Sesenta y cinco relatos en total y cada uno de ellos ofrece la perspectiva de una extraordinaria visión de la vida en su concepto más universal. Desde el clasicismo de Irving, Hawthorne, Poe, Melville o Twain, el realismo de London y O´Henry hasta el mismo comienzo de siglo con Katherine Anne Porter, Dorothy Parker o Francis Scott Fiztgerald, un autor de la denominada «generación perdida» junto con Hemingway, seleccionado también. Bowles, Cheever, Malamud, muestran que lo cotidiano es cada vez más frecuente y se percibe cómo técnicamente el lenguaje ha experimentado una evolución hacia la realidad de la vida misma. Los sesenta están retratados por Vonnegut, Baldwin, Barthelme, Updike hasta los setenta y ochenta de cuyo espacio narrativo son indiscutibles protagonistas Roth, Carver, el propio Ford, Wolff, Beattie y Moore. Barthelme inició la denominada literatura minimalista que tan buenos frutos proporcionó a toda una generación de autores, Beattie, Wolff, Robinson, Carver, aunque es verdad que posteriormente los métodos minimalistas han sido acusados de ser una excusa o un disfraz para ironizar sobre la sociedad norteamericana. Sin embargo, esta corriente, que tiene mucho que ver con autores tan universales como Hemingway o Chejov, permite la construcción económica de escenas de gran viveza literaria y de una profundidad emocional sin demasiados adornos que sugieran o lleven a un detallado análisis. Hablamos de un especial énfasis en las tramas ligeras, el desarrollo elíptico de conflictos dramáticos y la recreación meticulosa y detallada de lenguajes lingüísticos locales que muestran el aspecto de toda una estética realista. Actitudes que llevan a sus autores al análisis formal de ese realismo que pretenden reproducir. Faltarían, por motivos ajenos al editor, autores de renombre indiscutible, Salinger y Carol Oates.


      
El cuento joven actual
              
       Juan Fernando Merino señala en el prólogo a Habrá una vez (Alfaguara, 2002) que, pese a lo que pueda pensarse, Estados Unidos, ofrece abundantes facilidades para los jóvenes narradores que una vez demuestran su valía consiguen becas en la numerosas universidades. En los departamentos se ofertan cursos y talleres de escritura, así como espacios donde publicar sus primeras obras. The New Yorker, Atlantic Monthly o Esquire se convierten en las plataformas de prestigio donde publicar, con la ventaja de ser revistas de gran tirada que se distribuyen por todo el territorio. Existe toda una red de excelentes bibliotecas públicas donde acuden a solicitar sus préstamos numerosos norteamericanos. Incluso, Merino, señala como PlayBoy, una revista de alto contenido erótico presta sus páginas a jóvenes promesas donde la única condición es que los textos sean de primera calidad. Dos autores de los seleccionados en esta antología han visto publicados sus cuentos en la prestigiosa revista: Brady Udall y Joshua Henkin. En esta antología del cuento joven no queda nada del sueño americano de décadas anteriores y los jóvenes escritores dejan traslucir en sus textos el amargo retrato de una sociedad que se descompone por momentos, lejos ya de ser los líderes de un imperialismo que ha visto sacudidos sus más entrañables símbolos, incluidas las Torres Gemelas tras el famoso 11 de septiembre. Es ésta una generación que se siente alejada de los mitos de Hollywood de los 40 y los 50, los famosos presidentes de los 60, de la posterior guerra fría y de la del Vietnam, y se encuentra más cercana a los sucesos del Golfo o de la reciente incursión en Afganistán. Pero es una generación sabia que hunde sus raíces en la tradición de sus clásicos y mira con lupa a escritores como Hemingway, Faulkner, los autores de novela negra, Hammet o Chandler, incluso los narradores más cercanos y que, de alguna manera, renovaron el concepto del cuento, Carver, Wolf y Ford. Los relatos de D´Ambrosio, Jen, Wald, Udall, Thon, Piazza, recrean su propia sociedad de los ochenta, con sus aciertos y sus miserias, el escándalo del presidente Clinton, la incomunicación entre padres e hijos, los divorcios, las matanzas escolares, la violencia callejera que salpica a una sociedad acostumbrada a la angustia, la ansiedad y la indefensión. Muchos de los protagonistas son jóvenes inconformes con su forma de vida, y la antología plantea el grito común de una juventud que ha perdido sus valores más elementales, incluida una moralidad que les lleva a replantear su sistema de vida. La sociedad capitalista corrompe el sistema de vida, el dinero salpica a la vida política, el egoísmo y la falta de solidaridad, se convierten en el fin de todos los sueños. Habrá una vez que reúne veinticinco relatos cortos, escritos a lo largo de la década de los noventa, complementa, de alguna manera, la anterior antología y muestra el multiculturalismo imperante en el país, y una mayor perspectiva de la mujer de tanta raigambre y buena literatura, si volviéramos la vista a los siglos anteriores, tanto al XX como el XIX de profunda raigambre feminista en ambos, con aporataciones indiscutibles como podemos apreciar en estas antologías.  


Cuento norteamericano del XIX

       Santiago Rodríguez Guerero-Strachan propone en, Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX (Menoscuarto, 2011), un amplio repaso por, los orígenes del cuento y una nueva exploración de territorios que empezarían, como cabría suponer, con los clásicos Poe y Hawthorne, que de alguna manera abrieron la explotación de nuevos territorios, tanto en el ámbito geográfico como en el literario. Sin una tradición donde volver la vista y de donde inspirarse, Europa seguía siendo para la joven literatura norteamericana su referente cultural, aunque Ralph Waldo Emerson ya exhortaba a sus compatriotas a alejarse de los modelos británicos, sin que este hecho supusiera una independencia total de los temas y las estructuras literarias imperantes en la época. Tanto es así que James F. Cooper siguió en sus inicios los modelos de Walter Scott y Jane Austen, y Washington Irving explotó su costumbrismo británico hasta que no consiguió una voz propia, como puede verse ya reflejado en los títulos, «Rip van Winkle», que se reproduce en la presente antología, y sobre todo, «La leyenda de Sleepy Hollow», agudas reflexiones sobre la identidad estadounidense durante la Guerra de la Independencia, y modelos de cuentos modernos. Sin embargo, Poe, como señala Santiago Rodríguez, fue quien emprendería la renovación de la literatura norteamericana, conocedor del mundo británico, e incluso el universal, supo ver en la tradición su fuente de inspiración: leyendas, alegorías, fábulas, cuentos de hadas, cuadros de costumbres, como el germen del nuevo cuento que él mismo puso de moda, y cuya estructura se basaba en el uso del narrador y la distancia narrativa. Su contemporáneo, Nathaniel Hawthorne fue, sin embargo, un escritor obsesionado por el puritanismo y la maldad humana. Aunque se alejó de mostrar una modernización del género cuento, consiguió nacionalizar los argumentos que esgrimía en sus textos utilizándolos como alegorías que más tarde supo aprovechar otro clásico, Herman Melville para su literatura. Experimentará las formas y el punto de vista del narrador, como bien puede verse en «Bartleby, el escribiente», o «Benito Cereno». En esta antología se publica, «La mesa de manzano», de 1856.
       La Guerra Civil norteamericana provoca que las cosas cambien: la abolición de la esclavitud, o la progresiva industrialización y la conquista de nuevos territorios modificará la sociedad y el paisaje salvaje de los modernos Estados Unidos. La pérdida de la vida tradicional sureña, la guerra como tema, los viajes a la vieja Europa con el conocimiento y la lectura de escritores franceses, españoles, rusos, favorecerán nuevas perspectivas sobre el relato que con el tiempo daría maestros en el género: Stephen Crane, Henry James, o Charles Chesnutt, un desconocido en España, que añadiría elementos negroamericanos al género. Sobresale el cuento regionalista por la propia identidad de la geografía norteamericana, pequeñas ciudades o pueblos donde apenas pasa nada y se recurre a una vida rural modesta, a veces dominada por un matriarcado, motivo quizá por el cual se incorporan al mundo literario abundantes mujeres, cuya nómina resulta curiosa y que Rodríguez Guerrero- Strachan incorpora, entre las que sobresalen, por conocida y ampliamente editada, Edith Wharton (1862-1937), aunque abunda una nómina de desconocidas, Kate Chopin, Sarah Orne Jewett, Rebecca Harding Davis, de quien se publicó en nuestro país, La vida en los altos hornos (2001, Univ. de León), Mary E. Wilkns Freeman y Charlotte Perkins Gilman, de quien conocemos Si yo fuera un hombre y otros relatos (2008, El Nadir Ediciones). Las mujeres, como bien explica el editor, muestran en sus cuentos un intento de conocimiento del mundo, es un campo de experimentación y, sobre todo, una exposición del lugar de la mujer en la sociedad que les tocó vivir, incluso la denuncia social que más tarde marcaría toda una época, en la década de los años 30 del siglo XX cuando se cataloga esta literatura como «realismo social politizado», al tiempo que se alternan los relatos con la descripción de lugares, costumbres e incluso los distintos giros populares de las jergas del lenguaje. La nómina completa de estos Pioneros (2011), se enriquece con otros nombres y excelentes muestras del buen cuento como, Mark Twain, Ambrose Bierce, o Jack London, además de los citados. Una bio-bibliografía sucinta, aunque suficiente, completa el volumen que junto a anteriores aportaciones sobre el cuento norteamericano ofrece una perspectiva tanto clásica como actual para valorar un género de singulares representantes en el panorama universal.