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domingo, 8 de octubre de 2017

Desayuno con diamantes, 119



LOS SUEÑOS DE DICKENS
                     
Bicentenario del nacimiento de Charles Dickens (1812-1870)




               El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, que se conmemora el 7 de febrero, se convertirá en el acontecimiento literario del año: exposiciones, nuevas ediciones, adaptaciones en cine y televisión, biografías, ensayos, representaciones, devolverán el esplendor nunca perdido a un clásico que siempre ha gozado del favor del público. Harold Bloom en su ensayo, Novelas y novelistas (2012, Páginas de Espuma), señala que «nunca se podrán rechazar algunas obras principales del más sólido novelista inglés». Víctor Pozanco, en el prólogo a un curioso libro, Los perezosos (1988), mantenía que muchos ingleses aun odian a Dickens. La afirmación no deja a nadie indiferente y aun más, no  sorprende cuando se piensa en la imagen que de la Inglaterra del siglo XIX transmitía el autor en muchas de sus obras, y tal vez se convirtiera en un pesado lastre para los delirios de grandeza y expansión colonial británica de la época. De ese culto al egocentrismo social inglés no han escapado autores de la talla de John Donne y William Blake, Oscar Wilde y T.E. Lawrence, y el mismísimo Anthony Burgess y se ha mostrado intransigente e implacable aduciendo un puritanismo y condenando a estos autores a sobrevivir en una sociedad que los marcó y de la que huyeron, como en el caso de Dickens, gracias al valor de su pluma, solo así comprenderemos como pudo surgir una obra como David Copperfield.
        Hoy, sin duda, se reconoce a Dickens como el observador más agudo, crítico, sutil y responsable de lo que la historia de la literatura ha definido como la ideología victoriana, una ideología que el autor criticaría duramente en sus relatos y novelas, denunciando la perversión de muchas de las instituciones y cómo se manifestaban su consecuencias en la vida de los personajes. Esta dimensión social de su obra, le convierte en el intérprete más agudo y crítico del complejo entramado de una ciudad, en el juez urbano más implacable de la Inglaterra del siglo XIX.

Vida y acontecimiento
        Charles Dickens nació en un barrio de Portsmouth, Mile End Terrade, el 7 de febrero de 1812, pero su padre, John, que era pagador de la Marina, debía cambiar bastante de residencia y la familia se trasladó a Londres cuando Charles tenía dos años. Pronto es destituido de su cargo y encarcelado a causa de sus deudas. A los doce años el futuro escritor se verá obligado a trabajar para el sustento de la familia en la Warren´s Blacking Warehouse, una fábrica que le dejaría huellas imborrables en sus recuerdos y para el resto de su vida; lo mismo ocurrió con sus visitas a la cárcel los fines de semana para ver a su padre donde debió contemplar escenas que después reflejaría en sus obras.
               En 1826 mejora la situación económica y una vez pagadas las deudas, el padre puede abandonar la cárcel y será entonces cuando observa el interés de su hijo por la lectura a pesar de los escasos libros en su biblioteca, entre ellos un Quijote y Gil Blas, y se decide por sacarlo de la fábrica y enviarlo a la escuela pero, un gesto que tampoco olvidaría el joven, enfrenta a la madre que se opone porque los ingresos de Charles era necesarios para la economía familiar. Hecho que, según los estudiosos, llevaría a Dickens a no perfilar caracteres femeninos muy definidos. Un año después entró como ayudante de unos letrados, Ellis Co. Blackmore, ofició que le serviría para desarrollar algunos de los más sabrosos capítulos de Los papeles póstumos del Club Pickwick. Durante todo este tipo, el joven intentará salir de su situación perentoria, aprende taquigrafía y se hace socio del British Museum para saciar su afán de lectura. Cuando su padre empieza a trabajar en un periódico, se le despierta su vocación, y ya en 1928 colabora en The Mirror of Parliament y True Sun, donde firmará, sobre todo, sesiones parlamentarias. A los veintidós años consigue ser reportero en el Morning Chronicle, se afianza su deseo de prosperar y será entonces cuando conoce a una joven hermosa, distinguida y de una clase social superior, aunque mantuvo su relación en secreto hasta mejorar su posición. Mary Beadnell no supo valorar su esfuerzo y pronto rompió su relación con el futuro escritor, aunque dejaría una profunda huella en él, según testimonio propio. Con sus Sketches of London consiguió un notable éxito y levantó un cierto revuelo entre los lectores, tanto que los editores Chapman & Hall le propusieron una primera novela por entregas, cuyo primer folleto se publicó el 31 de marzo de 1836, se trataba de Los papeles póstumos del Club Pickwick, con una tirada inicial de cuatro cientos ejemplares que llegarían hasta los cuarenta mil de posteriores entregas.
               En 1836 se casa con Catherine Hogarth, hija del director del Evening Chronicle, dos años más tarde publicaría Oliver Twist (1838) y Nicholas Nickleby (1839), novelas que le abrirían las puertas de la sociedad londinense. Por entonces conoció a Macrone, su primer editor. En estos años, en esos momentos de su vida, Dickens pensaba en todo, y en sus textos valoraba las descripciones de las cárceles, los lugares más sórdidos, la infancia dolorida, el abuso de los poderosos, su mirada en suma lo comprende todo y se convierte en el delator sonriente y dolorido de la cruda realidad británica. Realizó numerosas giras leyendo sus obras, donde explotaba sus facultades de actor, y conocido muy pronto por su fama realiza numerosos viajes a América, el primero en 1842, invitado por Washington Irving, cuyas impresiones provocaron sus Notas de América, un libro que no fue del gusto de los lectores norteamericanos porque señalaba ciertas lacras sociales. Poco después inicia un pequeño periplo por Europa, se instala en Génova con su familia, y vuelve a Londres después de temporadas en Lausana y París. Sigue publicando y aparece, Dombey e hijo (1846-1848), además de realizar nuevos viajes, representaciones teatrales y otros éxitos literarios, David Copperfield (1849-1850) y Casa desolada (1852-1853). Volverá a Italia después de un verano apacible en Boulogne, acompañado de Wilkie Collins y August Egg. La publicación de Tiempos difíciles (1854) y La pequeña Dorrit (1854) coincide con una estancia de seis meses en París. En 1856 consigue uno de sus sueños, adquiere Gad´s Hill Place, una lujosa mansión cercana al barrio donde nació; fue aquel un íntimo deseo suyo y una promesa a su padre que siempre le había animado a trabajar mucho para conseguirla. Aunque no todo fueron alegrías por aquel tiempo, después de veintiséis años se separa de su mujer por incompatibilidad de caracteres. A su amigo Collins le hablaba de Catherine en semejantes términos: «Esta pesadez doméstica me aturde tanto que ni puedo escribir ni estar en paz un minuto cuando la recuerdo». Los diez hijos del matrimonio fueron repartidos entre ambos, por entonces había conocido a la joven actriz Ellen Ternan y aunque esta relación no estaba muy bien vista en la época victoriana, su fama palió parte del escándalo. Su segundo viaje a América está precedido de otro de sus grandes éxitos, Nuestro común amigo (1864-1865), aunque anteriormente había publicado, Historia de dos ciudades (1859) y Grandes esperanzas (1860-1861). En la cima de su gloria, viviendo cómodamente, cuando se disponía a escribir una nueva novela, esta vez, de corte policíaco, le sorprendió la muerte el 9 de junio de 1870. Pese a su deseo de una funeral discreto, fue enterrado en la abadía de Westminster, es la «Esquina de los poetas», junto a Chaucer, Shakespeare, Dryden, Goldsmith y otros ilustres.


      Dickens mantuvo una compleja relación extramatrimonial con Ellen Ternan, en ocasiones la ocultaba bajo nombres supuestos, en distintos domicilios o viajando y exhibiéndose con ella. También mostró una fuerte tensión por el sentido de independencia de la actriz y la absorbente personalidad del escritor y, aunque con Ellen no fue todo lo feliz que esperaba, defendió siempre su relación, enfrentándose incluso a sus colegas que aprovecharon su vida privada para desprestigiarlo, desafiando a la opinión pública. Tuvo, según una de las hijas de Dickens, un hijo con ella, cuyo rastro se pierde como muchos aspectos de la vida del novelista. Los perezosos (1857) escrita a dos manos con Wilkie Collins, cuenta el vagabundeo de dos personajes indolentes dispuestos a pasar las noches de la manera más tremenda, por ejemplo, durmiendo con un muerto, con los locos de un manicomio, en una posada fantasmagórica; en realidad, muestra la doble vida de Dickens, obligado a ocultar su amor con Ellen, que aparecerá en el capítulo cuatro de esta singular obra, escrita por dos grandes de la literatura inglesa del XIX. La obra fue publicada por capítulos en la revista, Household Words, que dirigía el propio Dickens y que se tituló, originariamente, El ocioso vagar de dos aprendices perezosos, un relato ocultado durante algún tiempo por su colaboración con Collins, un opiómano y doblemente amancebado, aunque posteriormente sería el pionero de la novela de misterio, así que ambos fueron considerados como los delatores de la intransigencia social del momento e irresponsables inductores a la pereza impune.

Dickens en España
      Las editoriales españolas han tratado a Dickens con una variada fortuna que oscila entre las estupendas traducciones y colecciones de renombrados sellos, caso de la catalana Alba Editorial, junto a otras muchas ediciones para salir del paso. En Alba pueden contabilizarse hasta ocho títulos, entre ellos, algunos de sus grandes éxitos y incluida su penúltima obra, Grandes esperanzas, traducida por R. Berenguer, Oliver Twist, a cargo de Josep Marco Borillo y un equipo de la Universidad Jaime I, David Copperfield, que firma Marta Salís y con la misma calidad, Estampas de Italia, La señora Lirriper, Una casa en alquiler y coincidiendo con el bicentenario, La pequeña Dorrit, traducida por Carmen Francí e Ismael Attrache. Dos grandes editoriales de bolsillo fueron las pioneras en poner el autor inglés al alcance del lector español, Austral y Alianza Editorial, cuyos títulos más conocidos se repiten, en ocasiones, algunos con prólogo del gran conocedor de la obra dickesiana, Juan Tébar, y otras incorporan entre sus colecciones de clásicos algunas traducciones míticas de Benito Pérez Galdós, Ortega y Gasset o José María Valverde. Con el sello de Alianza aparecen Historia de dos ciudades, obra de Salustiano Masó y Tiempos difíciles, de José Luis López Muñoz, siempre espléndido. Nuestro amigo común, la última novela de Dickens, se encuentra en Espasa, traducida por C. Miró y una más reciente de Damián Alou para Mondadori, en su colección de Clásicos. Uno de los títulos más repetidos a lo largo de los años, Canción de Navidad, aparece en KRK Ediciones, Kalandraka Editora, Vicens Vives, Alianza, Castalia, Losada o Espasa. Una curiosa novedad, Para leer al anochecer, un texto traducido por Marian Womack y Enrique Gil-Delgado, en Impedimienta y una no menos, Memorias de Joseph Grimaldi, en Páginas de Espuma. Los seguidores del clásico inglés están de enhorabuena, porque aparece Dickens. El observador solitario, de Peter Ackroyd, editado por Edhasa, un volumen de más de setecientas páginas que recoge buena de su vida y su obra en una espléndida visión de conjunto. 

Características
      La progresión de la obra y la producción de Dickens es geométrica, resulta curioso que el inglés no volvió a escribir una novela como Los papeles póstumos del Club Pickwick, que treinta años más tarde traduciría Benito Pérez Galdós en España, una obra ingenuamente cómica que hunde sus raíces en la tradición novelesca cómica de aventuras y procede directamente de Cervantes, a través de sus imitadores en Inglaterra, Smollet y Fielding. Existe una excelente edición de esta traducción, de Arturo Ramoneda en la colección «Biblioteca de Autores», titulada, Aventuras de Pickwick , 2 volúmenes, Editorial Júcar, 1989, sobre la edición original española de 1868, traducida del inglés para el folletín de La Nación. Galdós siempre reconoció la importancia de Dickens para su formación literaria, junto con Balzac, autores que le proporcionarían unas recetas y unas técnicas narrativas rudimentarias, lo afianzaron en su búsqueda de un tipo de novela española que correspondiera al espíritu de los nuevos tiempos. No dudó el autor español en pregonar las virtudes narrativas de Dickens, su «admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte». La expresión de su identidad herida, la denuncia despiadada de la Inglaterra victoriana coincidirán en la intensidad imaginativa y verbal cambiante de todas sus obras. En mitad de su carrera literaria, en ese período intermedio que se le supone al autor, su propósito social resulta más claro porque el narrador llevará el análisis de las complejidades de la identidad mucho más allá, porque la exploración entre inocencia y culpabilidad se hará más aguada a medida que escriba sus grandes obras, por ejemplo, Dombey e hijo, una de sus novelas más intencionadamente sociales y política si entendemos el término en un sentido amplio, y lo mismo ocurrirá con otras obras del mismo período, Casa desolada y La pequeña Dorrit, obras de tramas muy complejas, en las que Dickens experimenta intensamente con sus recursos narrativos y da rienda suelta a su imaginación desenfrenada, además de explorar todas las posibilidades del uso de la metáfora y la metonimia, modos posibles de estructurar y ordenar el caos de la experiencia. En estos libros, Dickens muestra la firme convicción de que pese a finales felices y contradictorios, la corrupción y la avaricia siempre amenazan la convivencia. El autor necesitó siempre llegar a su público, sería imposible entender a Dickens alejado de sus lectores, una actitud sobradamente comentada por la crítica que manifiesta que el inglés leía sus textos constantemente en un afán de seguir poseyendo siempre su control verbal e ideológico.

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